Los Puertos en blanco

Los Puertos en blanco
Nevada 18 de Enero de 2017

martes, 6 de marzo de 2018

La mujer que hizo posible ‘Cien años de soledad



La mujer que hizo posible ‘Cien años de soledad’






 
Por Loreto Sánchez Seoane
 

Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha.

Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha.
Iban a ser cuatro meses pero se alargaron hasta 18. El dinero no entraba y después de su coche y de los electrodomésticos, sólo les quedaba por empeñar el secador de pelo. Mercedes Barcha no permitía que a su marido le faltasen sus folios, sus hojas en blanco que acababan estrujadas en el suelo y que reabastecía cada cierto tiempo con otras 500 sobre la mesa. Estaba convencida de su convencimiento. Él estaba soñando una gran novela y era nada menos que García Márquez.

La idea, dicen, surgió de camino a Acapulco, en un viaje en familia en el que al autor le shockeó la inspiración, le invadió la historia. Unos aseguran que dio la vuelta de un volantazo para encerrarse a escribir en su casa de la calle de la Loma, en el barrio de San Ángel de Ciudad de México, donde había llegado cuatro años antes desde Colombia. Otros, que continuó el trayecto y en Acapulco disfrutó pensando.

Ya tenía la historia y le aseguró a su mujer que sería un trabajo rápido. Apareció Macondo y el tiempo hubo que estirarlo. Crecieron las colas de cerdo, las supersticiones, las casas de adobe, una ciudad que pasaría del esplendor al fracaso, y la falta de dinero. No tardaron en tener que hacer de su Opel un sustento, de los electrodomésticos hojas de papel. Como él aseguraría más tarde, fue ella la que se hizo cargo de todo, la que asumió el peso y la que le quitó la preocupación por el dinero.

Fue ella, también, la que pasaba a máquina las páginas que ya tenían el visto bueno del autor. Fue ama de casa, tesorera, contable y secretaria mientras hacía malabares para que ni sus hijos ni su marido notaran la falta de ingresos. Tal fue la situación que, cuentan, al mandar la primera versión a la Editorial Sudamericana, no les llegaba el dinero y tuvieron que enviar primero la mitad y, tras empeñar otro de sus objetos, empaquetar la segunda parte. También dicen que, cuando salieron de correos, Barcha hizo su primer comentario realista: “Lo único que falta ahora es que la novela sea mala”.

"Tenía la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica”

La misma sensación tenía García Márquez. En una carta años después aseguraría que tuvo “la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica”. Fue, quizás para él, una mezcla entre ambas. La novela se publicó el día 5 de junio de 1967 en Buenos Aires, hace exactamente 50 años, con una dedicatoria a un matrimonio. Eran Jomí García Ascot y María Luisa Elío, los que le ayudaron durante los 18 meses que pasó generando parte de la historia de la literatura, los que se quedaron con las galeradas de su libro llenas de anotaciones a los bordes y los que jamás quisieron venderlas pese al alto precio que llegaron a tener las mismas.

En tan sólo mes y medio, y ante la atónita mirada de Márquez, que antes no había vendido más de 1.000 ejemplares por libro, se agotó la primera edición: 8.000 copias que cambiaron el curso de la literatura iberoamericana y que a día de hoy son una minucia en comparación a los 30 millones de ejemplares que se han vendido en todo el mundo.

Un costumbrismo a lo Faulkner, de los buenos”

Cuentan que la fama le llegó de golpe en Buenos Aires. García Márquez entraba con Mercedes en el teatro y antes de sentarse la gente del patio de butacas le gritó un enhorabuena con tanta efusividad que le costó darse cuenta del porqué. Su obra había revolucionado el panorama y conseguiría internacionalizar lo que conocemos como el boom latinoamericano. Fue el culmen del realismo mágico, de cómo lo insólito se cuela en lo común sin causar sospecha pero sí adicción. Él lo consideró como parte de su cultura, de la de su pueblo, Aracataca, donde él había nacido.

“Conozco a gente del pueblo raso que ha leído Cien años de soledad con mucho gusto y con mucho cuidado, pero sin sorpresa alguna, pues al fin y al cabo no les cuenta nada que no se parezca a la vida que ellos viven”, alegó. Y es que, él la concibió como una narración de costumbres, aunque quitándole la connotación negativa. Como llegó a asegurar, “un costumbrismo a lo Faulkner, de los buenos”. Era el espejo de la Colombia de aquella época, la ruptura con los estilos anteriores y una novedad mágica para el lector español, acostumbrado a un realismo tosco.

"Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio”

Su literatura impactó de tal forma que Gabo pasó a ser una estrella del rock. Su novela le convirtió en el deseado de todos. En 1968 ya se había traducido al francés y al alemán, García Márquez era el escritor de moda y en poco tiempo ganó el Nobel de Literatura (1982). Pero el éxito acabó horrorizándole. En una entrevista que concedió en 1991 al periodista Tomás García Yebra, cuando éste le pregunta por cómo le ha afectado la extrema relevancia de su novela, él contesta: “Una conmoción. Y no para bien. El acoso al que he sido sometido me ha perturbado. Desde entonces, mi vida ya no es la misma. No soy una persona normal. Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio”.

Para él, ni era su mejor trabajo ni las claves que había utilizado eran complejas. “Sin ninguna duda es mejor El otoño del patriarca. Aquí, en cambio, los críticos, ni han sabido leerla ni han sabido interpretarla. Decepcionante”, añadió entonces.

Durante todos esos años de viajes, entrevistas, conferencias, todos y cada uno de ellos, Mercedes permaneció en un oculto segundo plano. Gabo la había mencionado un par de veces, incluso antes de recibir el Nobel aseguró que: “Sin Mercedes no hubiera llegado a escribir el libro”. Pero sería años más tarde cuando la historia de su participación indirecta en la que se consideró la obra culmen del autor se le reconociese y se la aceptase como el aceite que no permitió que el motor gripase. Como dijo la hermana de García Márquez: “Gabito respira por el pulmón de Mercedes”.

sábado, 6 de enero de 2018

martes, 24 de octubre de 2017

martes, 15 de agosto de 2017

EL EQUIPO A



‘El Equipo A’: 45 años en busca y captura




El equipo A de 1983
El equipo A de 1983 Universal


En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del ejército americano fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. 45 años después, nadie ha reparado esta injusticia.
La historia de estos hombres es paradójica. En 1983 empezaron a actuar como soldados de fortuna, tras escapar de prisión y permanecer fugitivos hasta 1986. Ese año fueron detenidos y, aunque no se pudo demostrar su delito (el robo de un banco en Vietnam), fueron condenados a muerte por sedición.
Pudieron evitar la pena por la influencia de un hombre relacionado con el gobierno estadounidense para el que empezaron a trabajar como paramilitares.
En marzo de 1987, se dejó de saber de ellos, pese a que eran fácilmente reconocibles: un excoronel canoso y fumador de puros; un mazado afroamericano con pinta de rapero; un enfermo mental; y un atractivo ligón. Todo tenía tremendo sentido en El Equipo A.


El nacimiento de El Equipo A se lo debemos, como tantas otras cosas, al señor del folio. Stephen J. Cannell. Había sido despedido de la ABC y el entonces director de la NBC lo contrató con el fin de hacer una mezcla entre Misión Imposible y Canción Triste de Hill Street. A George Peppard (Hannibal) le pareció un verdadero bombazo en cuanto leyó el proyecto.
Eso, pese a que para el veterano actor, la presencia de una mujer, Melinda Culea (hacía de reportera) no le hacía mucha gracia, pues era un machista sin solución y creía que aquella era una serie de machos. Peppard tampoco era un dechado de tolerancia con las minorías. Así que, según relata el propio Cannell, estaba algo “molesto” con la presencia de Mr. T.

Además de sus personajes tuvo siempre dos iconos: La furgoneta y su banda sonora. La GMC o Chevrolet Vandura se puede ver todavía en MilAnuncios, con ejemplares por hasta 20.000 euros.
La música del Equipo A es obra de Mike Post, creador de las bandas sonoras de El Gran Héroe Americano o Blossom. La banda sonora cambió en la quinta y última temporada, cuando el equipo A termina trabajando indirectamente para el Gobierno. Sin embargo, se recuperó la original para la película de 2010.
Por cierto, el nombre no es casual. Los equipos A eran los destacamentos de operaciones especiales de la Guerra de Vietnam. Ese lugar donde cuatro de los mejores hombres fueron acusados de un delito que no cometieron. Eso sí, hoy difícilmente puedan ayudarlo: George Peppard falleció en 1994. Lawrence Tureaud (M.A., Mala Actitud Barracus) hace teletiendas. Dwight Schultz (Murdoch) es actor de doblaje. Dirk Benedict (Fénix) ha sido en los últimos años concursante del Gran Hermano VIP de EE.UU. y actor de teatro.

Qué eran los equipos A reales en Vietnam

Un equipo A real en Vietnam en 1965
Un equipo A real en la base de Minh Thanh 1965 Asoc. Amigos de los Veteranos
Las fuerzas especiales del ejército estadonidense (boinas verdes) cuentan con unos destacamentos de operaciones especiales conocidos como equipos Operational Detachments A. Cada equipo A está especializado en un tipo de tarea y está compuesto por 12 personas, cada cual con una función.
Los equipos A tienen plena autonomía para actuar en zonas peligrosas y pueden adentrarse por tierra, mar (buceo) y aire (paracaídas) en regiones restringidas. Por lo general, no cuentan con apoyo externo, por lo que se suelen infiltrar en regiones o grupos para automantenerse. Cuentan con equipos de comunicación por satélite y radio, así como juegos básicos de asistencia sanitaria.
En la Guerra de Vietnam, los equipos A dependían del Quinto Grupo de las Fuerzas Especiales (el mismo que actuó en la operación Libertad Duradera).
En 1969, tras el sospechoso asesinato de un agente doble, tres oficiales fueron detenidos por un delito que, en este caso, sí cometieron. Eso sí, ellos pertenecían a un equipo B, encargados de las operaciones de inteligencia desde Camboya.

lunes, 29 de mayo de 2017

SOBRE IGNORANTES


SOBRE IGNORANTES E IGNORANTAS: CARTA DE UNA PROFESORA CON ACERTADÍSIMA Y LAPIDARIA FRASE FINAL

Carta de una Profesora con acertadísima y lapidaria frase final. Este texto fue escrito por una profesora de un instituto público, por eso su opinión es importante y hay que escucharla.





Yo no soy víctima de la Ley Nacional de Educación.

   Tengo 60 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política.


   En jardín (así se llamaba entonces lo que hoy es "educación infantil", mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente:
la A de "araña", la E de "elefante", la I de "iglesia" la O de "ojo" y la U de "uña".

   Luego, cuando eras un poco mayor, llegaba "Semillitas", un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto.
Eso sí, en el Semillitas, no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.

   En Primaria estudiábamos Lengua , Matemáticas , Ciencias, no teníamos Educación Física.
En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de "b en vez de v" o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota.

   En Bachillerato, estudié Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía.

   Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las "Coplas a la Muerte de su Padre" de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda...


   Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección.


   Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura.

Y.. vamos con la Gramática. 

   En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales.
   El participio activo del verbo atacar es "atacante";
el de salir es "saliente"; el de cantar es "cantante" y el de existir,"existente".

   ¿Cuál es el del verbo ser? Es "ente", que significa "el que tiene identidad", en definitiva "el que es". Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación "ente".

   Así, al que preside, se le llama "presidente" y nunca "presidenta",independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

   De manera análoga, se dice "capilla ardiente", no "ardienta"; se dice"estudiante", no "estudianta"; se dice "independiente" y no "independienta"; "paciente", no “pacienta"; "dirigente", no "dirigenta"; "residente", no "residenta”.

   Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son "periodistos"), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

   Les propongo que pasen el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no "ignorantas semovientas", aunque ocupen carteras ministeriales).

   Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!


SI ESTE ASUNTO "NO TE DA IGUAL",
PÁSALO, POR AHÍ, CON SUERTE, TERMINA HACIENDO BIEN HASTA EN LOS MINISTERIOS.



Porque no es lo mismo tener "UN CARGO PÚBLICO" que ser "UNA CARGA PÚBLICA".

lunes, 15 de mayo de 2017

La Jugoplastika de SPLIT

La Jugoplastika, el último equipo que reinó 1.000 días

Jugoplastika y, después, Pop 84. Nunca supimos muy bien qué representaban aquellos nombres, pero sonaban genial. Cómo no bautizar así al equipo de los recreos, aunque sólo fuera por imitar a esos genios rebeldes que cada primavera asaltaban Europa. Nunca hubo nada igual, exactamente 1.107 días de reinado imberbe, desde el 6 de abril de 1989 en Múnich al 18 del mismo mes de 1991 en París, siempre el Barça devastado por la elegancia de Toni Kukoc, el poderío de Dino Radja o la eficacia de Perasovic.
Sólo había ocurrido una vez: en la prehistoria el ASK Riga encadenó tres Copas de Europa consecutivas (de 1958 a 1961, las tres primeras). Nunca ha vuelto a suceder y eso que hubo, antes y ahora, proyectos de quilates forjados para ese tipo de hazañas. El millonario CSKA de estos tiempos que buscará el próximo fin de semana revalidar corona en la Final Four de Estambul. Aquel Barcelona de Aíto García Reneses, con lo mejor del panorama nacional, y Audie Norris, Steve Trumbo o Piculín Ortiz, entre otros; el Maccabi de entonces (Doron Jamchi, Kevin Magee...); el Aris de Nikos Gallis y Panagiotis Giannakis... Para alguno de aquellos estaba reservada la gloria de suceder a la Phillips de Milán, pero el grupo salvaje de Bozidar Maljkovic, que no alcanzaba a los 23 años de media, iba a sorprender al mundo.

Boza había acudido un tiempo antes, discípulo de mitos como Asa Nikolic y Ranko Zeravica, cuando el club de Split no era demasiado. Con una filosofía clara bajo el brazo, la de las dos únicas posibilidades para él entre canastas: «sprint o stop». Y una espartana hoja de ruta: «Todavía tengo pesadillas de lo mucho que sufrí. No nos daba un minuto de aliento», suele recordar Perasovic. El último éxito de los croatas se remontaba a 1977, pero en su cantera se desarrollaban ya los embriones. Kukoc y Radja, irreverente pareja, capaz de destrozar en la inolvidable final del mundial júnior de Bormio a EEUU (11 de 12 en triples el alero ante los yankees en el enfrentamiento de la primera fase), campeones de la Liga yugoslava un año después. Y ahí, en ese caldo de competitividad balcánica se forjaba la leyenda de este grupo, que irrumpía en las Final Four como William Munny a la taberna: «Todo el que quiera seguir con vida será mejor que se largue». Porque la pujanza doméstica era feroz. El Partizán de Vlade Divac, Zarko Paspalj y Djordjevic; la Cibona de Drazen Petrovic; el Estrella Roja de los Zoran, Jovanovic y Radovic; el KK Zadar de Vrankovic y Komazec, el Olimpia de Ljubliana de Jure Zdovc...
Si a Múnich acudieron cual Cenicienta, pregonados estaban un año después en Zaragoza -en la Final Four que supuso la inauguración del Príncipe Felipe-, pero ni Limoges en semifinales ni el Barcelona en el desenlace pudieron hacer nada. Tampoco en 1991, el broche en París, ya sin Radja ni Ivanovic, con la rareza de su primer americano (Avi Lester) y con Maljkovic en el banquillo de enfrente en la final, otro revés azulgrana, esta vez con Zoran Savic como héroe (27 puntos). No sólo era la tercera corona continental, antes de desintegrarse, justo al mismo tiempo que estallaba una guerra fratricida, estaban firmando el segundo triplete consecutivo (Copa y Liga yugoslava) para hacerse respetar, ya por siempre: el mejor equipo de la historia del baloncesto europeo.

domingo, 9 de abril de 2017

TRANSIBERIANO ARTICULO


HISTORIA

El Transiberiano, el tren con el que Rusia quiso humillar a Occidente

Aunque fue comparable al canal de Panamá o al de Suez, la gran línea ferroviaria nunca llegó a ser valorada como obra de ingeniería. 

El Transiberiano en 1897.
El Transiberiano en 1897.



  1. TRENES
  2.  
  3. CANAL DE PANAMA
  4.  
  5. CANAL DE SUEZ
Resulta sorprendente comprobar cómo, cuando se habla de las gigantescas obras de ingeniería que marcaron los siglos XIX y XX, hay una que suele brillar por su ausencia. Desde luego, no faltarán la menciones a los canales de Suez o de Panamá, pero será rara la mención al Transiberiano, inaugurado en 1903 tras doce años de durísimos trabajos de éxito sorprendente.
No en vano Rusia logró levantar 9.000 kilómetros de vía, de Moscú a Vladivostok a través de siete husos horarios, muchos más que cualquier otra línea que se hubiera construido antes, prácticamente sin experiencia ferroviaria, sin tejido industrial, adentrándose en los imposibles territorios de Siberia, y teniendo que hacer frente a una corrupción y una burocracia asfixiantes.
El nuevo ferrocarril, a pesar de que se viera involucrado de pleno en la guerra ruso-japonesa justo tras su inauguración, demostró pronto que la enorme cantidad de dinero invertida en él había merecido la pena
Sin embargo, como narra Christian Wolmar en Billete al fin del mundo (Península), fue la voluntad férrea del todopoderoso ministro de Hacienda, Serguéi Witte, la que obró el milagro. El nuevo ferrocarril, a pesar de los problemas de los primeros tiempos y de que se viera involucrado de pleno en la guerra ruso-japonesa justo tras su inauguración, demostró pronto que la enorme cantidad de dinero invertida en él había merecido la pena.
Panorama del Transiberiano en la Exposición Universal de París de 1900.
Panorama del Transiberiano en la Exposición Universal de París de 1900.
Pero uno de los objetivos marcados no se cumplió: si de lo que se trataba era de mostrar a Occidente que Rusia estaba totalmente a su nivel, los comentarios de los visitantes extranjeros que lo utilizaban no hacían más que destacar que el Transiberiano era inútil y costoso, y sus trenes incómodos y destartalados.

SUPERAR AL ORIENT EXPRESS

Para cambiar esa percepción y atraer a turistas ricos, en 1900 se introdujo un servicio de lujo que operaba directo a Vladivostok. Y para ello, el príncipe Jilkov dio orden de que no se ahorrara en gastos: el referente era superar al Orient Express, inaugurado dos décadas antes, que unía París con Constantinopla y representaba el summum del lujo y de lo chic. Por eso, no es extraño que el Gobierno ruso se asociara con su creador, Georges Nagelmackers, para lanzarlo ante todo el mundo.
Estación terminal de Vladivostok.
Estación terminal de Vladivostok.
El marco elegido para ello fue ni más ni menos que la Exposición Universal de París. Nagelmackers no sólo se llevó varios lujosos vagones al recinto de la exposición, sino que montó una sofisticada atracción en la que, por el precio de una entrada, los visitantes podían comer en el lujoso vagón restaurante.
Allí les esperaba la gran sorpresa, una "experiencia ferroviaria" montada por el artista Pável Piasetski: mientras los "pasajeros" disfrutaban de los tres platos de la comida, un sofisticado panorama iba deslizándose por las ventanillas, con rollos movidos a distancia que alternaban arena y roca, arbustos y maleza, distantes paisajes y una obra maestra final...
Obras del Transiberiano, 1903.
Obras del Transiberiano, 1903.
Grandes acuarelas realizadas a partir de los apuntes tomados por el propio Piasetski que representaban escenas de Moscú, Omsk, Irkutsk y Pekín. En total, cuarenta minutos repartidos en nueve rollos de novecientos metros de longitud. El panorama obtuvo una de las medallas de oro de la exposición, junto con la torre Eiffel y la sopa Campbell's.

VAGONES MONÁRQUICOS

Para hacer aún más impresionante la experiencia, los cuatro vagones encargados por Nagelmackers contaban con las mismas comodidades de los que utilizaban las monarquías del momento (el propio zar había encargado uno para la familia imperial que rebasaba lo que nadie hubiera hecho hasta el momento). Los vagones acogían a un máximo de ocho personas cada uno, en cuatro compartimentos con litera doble, baño propio y decoración al estilo de los salones petersburgueses.
Los cuatro vagones encargados por Nagelmackers contaban con las mismas comodidades de los que utilizaban las monarquías del momento
Cada vagón disponía de salón y sala de fumar y se ambientaba en un período distinto, incluido el estilo Luis XVI y el imperial chino. Además, contaban con una biblioteca con libros en cuatro idiomas, sala de música con un gran piano de cola y hasta otra de ejercicio con biblioteca estática y máquina de remar, así como un cuarto oscuro para que los fotógrafos pudieran revelar sus fotos directamente en el tren.
Sin embargo, la realidad era más azarosa: el viajero no sabía qué se encontraría exactamente al acceder al tren real, porque no era lo mismo que le tocara uno de los operados directamente por Nagelmackers u otro de los que dependían directamente del Gobierno ruso. Desde luego, los lujos mostrados en París no se trasladaron a las difíciles tierras siberianas. Tampoco las guías de viajes, como la imprescindible Baedeker, ayudaron, perpetuando visiones prejuiciosas de lo que le esperaba al viajero en tierras tan lejanas.
Vagón del Transiberiano reconvertido en iglesia.
Vagón del Transiberiano reconvertido en iglesia.
La experiencia, en definitiva, podía ser imprevisiblemente incómoda o lenta. En ese sentido, el viaje en el Transiberiano sí que podía resultar una aventura. Pero los esfuerzos del Gobierno ruso fueron baldíos: el tren nunca entró en el imaginario europeo y norteamericano con la misma fuerza que sus equivalentes occidentales. Quizá por eso permaneció como el gran logro semioculto de la moderna ingeniería.