Los Puertos en blanco

Los Puertos en blanco
Nevada 18 de Enero de 2017

miércoles, 30 de mayo de 2018

Tintín y yo

Tintín y yo




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No puedo imaginar mi niñez y adolescencia sin los álbumes de Tintín, el joven periodista y aventurero creado por Hergé. En los años sesenta y setenta del pasado siglo, no existía la jornada continua en las escuelas. O tal vez yo no la conocía, pues en mi colegio de padres reparadores las clases se impartían en horario partido, lo cual era un fastidio, fundamentalmente porque después de comer la televisión pasaba unas series estupendas, como Superagente 86, Bonanza, Mannix, Kojak, Columbo, El virginiano, Misión imposible, Star Trek, Perdidos en el espacio, El Santo, Embrujada, Daktari, Ironside, Hawaii Five-O, La mujer policía, McMillan y esposa, Cannon, Las calles de San Francisco. Pido excusas a los nostálgicos de esa época, si no he mencionado alguna serie, pero la memoria se hace particularmente selectiva al superar los cincuenta años o quizás demasiado imperfecta, acumulando insalvables lagunas. Aún recuerdo la frustración que me producía salir de casa mientras se escuchaba en el pequeño televisor en blanco y negro la banda sonora de Hawaii Five-O o de Misión imposible. Cuando me sentaba en mi pupitre –en realidad, una mesa compartida con algún compañero-, disimulaba mi malhumor, hundiendo la cabeza en el libro de texto. ¿Cómo podían esperar los profesores que me interesara por el Diagrama de Venn o el subjuntivo, cuando Mr. Spock, oficial científico de la U. S. S. Enterprise, luchaba valientemente contra el malvado Khan Noonien Singh para salvar a la raza humana? Sólo me consolaba la perspectiva de pasar buena parte de la tarde, leyendo por enésima vez alguna aventura de Tintín. Después de merendar y finalizar los deberes, me tiraría al suelo de moqueta de mi cuarto, abriría un álbum y olvidaría el mundo exterior. Tintín me parecía más verdadero que los personajes reales abordados en los libros de historia y no me faltaba razón, pues el joven del mechón rubio y pantalones de golf hace mucho tiempo que disfruta de la intemporalidad de los mitos. 

 Aunque los más jóvenes no le presten tanta atención como las generaciones anteriores, casi nadie ignora quién es y su iconografía ya forma parte del imaginario colectivo.

Tintín fue creado por Georges Remi en 1929, un belga tranquilo, minucioso y reservado al que nunca le gustaron demasiado los niños. Comenzó a dibujar en la escuela, aprovechando la parte inferior de sus cuadernos para plasmar las historias de un joven belga que luchaba contra el invasor alemán mediante ingeniosas técnicas de sabotaje. Aunque no lo sospechaba, George Remi había dado el primer paso hacia el futuro Tintín. El segundo paso llegó con su ingreso en los boy-scouts, donde asimiló los valores esenciales que guiarían el comportamiento de su personaje: lealtad, coraje, compañerismo, abnegación, honestidad, independencia, generosidad, pureza, rebeldía. De hechos, sus primeras historietas aparecen en la revista Le Boy-Scout, que enseguida se convertirá en Le Boy-Scout Belge. En 1924 empieza a firmar como Hergé. Un año después se incorpora a la redacción de Le XXe Siècle, un diario católico y nacionalista dirigido por el padre Nobert Wallez. En 1926 crea a Totor, un personaje algo rudimentario, pero con los grandes rasgos del Tintín. Los padres de George Remi intentan que estudie dibujo en una escuela de artes gráficas, pero él desiste tras el primer ejercicio: reproducir fielmente un capitel corintio de yeso. Lo formal y académico sólo le produce aburrimiento y hastío. Seguirá dibujando de forma autodidacta, aprendiendo de sus errores hasta alumbrar un estilo propio e inconfundible. Tras realizar el servicio militar obligatorio, Hergé recibe el encargo de crear un suplemento infantil y juvenil que se titulará Le Petit Vingtième. Hergé aprovechará la ocasión para completar el perfil de Totor, añadiéndole un tupé y la compañía de Milú, un leal, intrépido y divertido fox terrier. Un colaborador de Le XXe Siècle destinado a México como reportero le envía cómics estadounidenses, pensando que le abrirán perspectivas hasta entonces desconocidas. 
Hergé descubre una nueva forma de narrar: viñetas en las que los personajes hablan mediante globos y no con textos a pie de página. Ese procedimiento imprime agilidad y dinamismo a las historietas, creando una ilusión de movimiento que recuerda al cine. Una nota inquietante. El colaborador que le hace llegar ese maravilloso material gráfico es León Degrelle, futuro dirigente del movimiento rexista, el partido pronazi que colaborará con Hitler durante la ocupación de Bélgica. Con el tiempo, Degrelle afirmará que Hergé, con el que había mantenido una cordial amistad, se inspiró en él para crear a Tintín. Hergé responderá que no es cierto, que su modelo no ha sido Degrelle, sino su único hermano Paul Remi, algo menor. Degrelle objetará que Tintín en el país de los soviets era una versión del viaje que realizó a la Unión Soviética como corresponsal de Le XXe Siècle. La polémica quedará en el aire, alimentando las calumnias contra Hergé, al que acusarán de simpatizar con el totalitarismo nazi.

Conviene señalar que los escenarios de las primeras aventuras de Tintín no los elige Hergé, sino el padre Wallez. El sacerdote católico opinaba que el colonialismo había llevado el progreso y el evangelio a regiones habitadas por salvajes, y que el comunismo representaba la mayor amenaza para la civilización occidental. Tintín en el país de los soviets apareció como álbum en 1930. Como sucedería con el resto, primero se publicó de forma seriada. Hergé no conocía la Unión Soviética y se documentó de forma bastante superficial. Durante mucho tiempo, se sostuvo que el álbum era tendencioso e insoportablemente reaccionario, pero hoy en día ya no quedan argumentos para negar el carácter totalitario y antidemocrático del régimen soviético. Tintín en el Congo apareció como álbum en 1931. 
Inicialmente, no despertó polémicas, pero durante el proceso de descolonización surgieron las acusaciones de racismo y, más adelante, la nueva sensibilidad medioambiental repudió las escenas de caza, algunas verdaderamente brutales, como el uso de un cartucho de dinamita para acabar con la vida de un rinoceronte. En 1946, Hergé rehízo el álbum, eliminando escenas y modificando diálogos. Además, impidió durante muchos años que se reeditara Tintín en el país de los soviets. Para Hergé, sus dos primeros álbumes pesarán en su conciencia como “pecados de juventud”. Paradójicamente, Tintín en el Congo es un álbum muy popular en la República Democrática del Congo. Parece ser que los descendientes de los congoleses sometidos a la corona belga no se sienten ofendidos.

En los siguientes álbumes, Hergé escogerá libremente los escenarios. Tintín viajará a América, Egipto, Arabia Saudí, la India. Con El loto azul, que aparece en 1935, logra su primera obra maestra. Esta vez no se deja llevar por los tópicos. Un capellán le presenta al joven chino Tchang Tchong-Jen, brillante estudiante de escultura de la Academia de Bellas Artes de Bruselas. Tchang le proporciona información precisa, derribando los estereotipos sobre China. Simpatizarán de inmediato y se harán grandes amigos. Tchang aparecerá como personaje en dos álbumes: El loto azul, y Tintín en el Tíbet (1959), para muchos la obra más perfecta de Hergé. “Tchang era un chico excepcional”, declararía más tarde el dibujante belga, “me ha hecho descubrir y amar la poesía china, la escritura china… El viento y el hueso, el viento de la inspiración y el hueso de la firmeza gráfica. Para mí esto fue una revelación. También le debo el hecho de haber entendido mejor el sentido de la amistad, el sentido de la poesía, el sentido de la naturaleza…”. Hergé y Tchang perderían el contacto por culpa de la Guerra Civil china y la posterior dictadura de Mao, pero el dibujante logró contactar con su amigo dos años antes de morir, organizando con la ayuda de las autoridades francesas un emotivo reencuentro.

Durante la ocupación de Bélgica por los nazis, Hergé seguirá publicando. Le Petit Vingtième desaparecerá, pero Le Soir, un periódico dirigido por Raymond de Becker, un antiguo responsable de Acción Católica, le abrirá sus páginas, lanzando un suplemento juvenil, Le Soir-Jeunesse. Durante este período, Hergé ambientará las aventuras de Tintín en escenarios poco conflictivos, con un propósito claramente evasivo. Desde El cangrejo de las pinzas de oro hasta Las siete bolas de cristal, su héroe protagonizará peripecias exóticas que sortearán la censura de los nazis. Cuando se produce la liberación de Bruselas, los aliados le prohíben continuar publicando, lo arrestan en cuatro ocasiones y pasa una noche en comisaría. Finalmente, queda en libertad sin cargos. Sin embargo, siempre le acompañará la sospecha de racista, antisemita y misógino.

 Hergé nunca ocultó su ideología conservadora, pero no se le pueden adjudicar planteamientos xenófobos o antidemocráticos. En China, Tintín lucha contra los abusos racistas, el imperialismo japonés y la corrupción de las potencias europeas. En América Latina, se enfrenta a los comerciantes de armas y a los militares golpistas. En el norte de África, combate a los traficantes de esclavos y en su propio país –cuyo nombre omite, pero cuyo parecido con su Bélgica natal no deja lugar a dudas- defiende el derecho de los gitanos a establecerse en lugares dignos y no en las proximidades de los vertederos, como suele suceder.

Tintín encarna el heroísmo en estado puro, la moral del perfecto boy-scout. No cambia ni envejece. Aficionado al senderismo, la gimnasia y el yoga, no fuma ni bebe –salvo en ocasiones muy especiales, como cuando hace acopio de valor para enfrentarse al paredón de fusilamiento en La oreja rota (1937). Cortés y extremadamente caballeroso, nunca flirtea con las muchachas. Poco a poco abandona su trabajo de periodista para hacer de detective o explorador. Nunca se preocupa por el dinero. Quizás Haddock compartió con él el tesoro de Rackham el Rojo descubierto en los sótanos del castillo de Moulinsart, pero Hergé omite estas cuestiones. 

No resulta fácil calcular su edad. En algunas viñetas parece un auténtico alfeñique, con la estatura de un niño, pero su madurez y su valor no se corresponden con su aspecto. En algún lugar, he leído que Tintín bordea los veinte años. Puede ser, pero su apariencia no coincidirá con esa edad hasta los últimos álbumes. Cuando en Tintín y los Pícaros (1976) cambia sus bombachos por unos pantalones vaqueros, surge de inmediato la sospecha de que ha comenzado a preparar su despedida. Tal vez Hergé intentaba encajar el heroísmo en la infancia, cuando el ser humano aún no se ha asomado a los abismos del sexo y el desengaño, y su escasa experiencia le ha impedido caer en el cinismo. Tintín es una especie de Sir Galahad, pero sin armadura, siempre en busca de la pureza y el ideal.

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Quizás Tintín es el personaje menos interesante de la serie. Yo prefiero a Haddock, Tornasol o a cualquiera de los villanos. El capitán Haddock es una creación extraordinaria, uno de esos productos de la imaginación que desbordan a su creador. Impaciente, malhablado (sus insultos son antológicos y, de hecho, han dado pie a estudios y recopilaciones), borrachín y pendenciero, irrumpe en el relato como un personaje lastimoso y algo canalla. No hay que olvidar que en El cangrejo de las pinzas de oro (1941) golpea a Tintín en la cabeza con una botella mientras pilota un avión. Poco después, hace una fogata en la barca en la que huyen, provocando un naufragio. No existía ninguna garantía de que el personaje reapareciera en aventuras posteriores, pero Hergé advirtió sus posibilidades y lo incorporó a la serie. Con el tiempo, se convertirá en el amigo inseparable de Tintín y en el propietario de Moulinsart, un blasonado castillo rodeado de bosques y con un fiel mayordomo, Néstor, que se ocupará de que nunca falte en el mueble bar Loch Lomond, el whisky preferido de Haddock. Sus intentos de transformarse en un aristócrata fracasarán estrepitosamente. Viejo lobo de mar, será incapaz de adaptarse al monóculo y a los paseos a caballo.

Silvestre Tornasol es un inventor tímido, cortés y entrañable. Precursor de la televisión en color, su sordera incurable deforma todo lo que llega a sus oídos, causando cómicos malentendidos. Estrambótico, despistado y tierno, acompañará a Tintín y a Haddock en muchas de sus peripecias. Su enfrentamiento con Laszlo Carreidas, un mezquino magnate que ha instalado cámaras secretas en su avión para hacer trampas mientras juega a los barquitos, romperá brevemente su imagen de sabio amable y tranquilo, mostrando su frustrada vocación de pugilista. La curiosidad de Tornasol es inagotable. Su afán de conocimiento no excluye ninguna disciplina. De ahí que muestre el mismo interés por la conquista del espacio, las casas inteligentes o la botánica experimental. Incluso llegará a fabricar un arma secreta que provocará su secuestro a manos de una nación centroeuropea, cuyos métodos recuerdan a las dictaduras comunistas del otro lado del telón de acero. 

Surge de este modo una de las aventuras más apasionantes de la serie, El asunto Tornasol (1954-1956), que despliega una intriga tan perfecta como las del mejor Hitchcock, empleando técnicas cinematográficos, como los planos generales, los primeros planos y los planos de conjunto. Su atmósfera está a medio camino entre 39 escalones (1935) y Alarma en el expreso (1938). Algunas páginas también recuerdan el clima opresivo de Cortina rasgada (1956), estrenada ese mismo año. Al final de la aventura, Tornasol destruye los planos de su invento en un alarde de sentido común y generosidad. No hay nada sorprendente en este gesto, pues, además de un científico, Tornasol es un sentimental que cultiva rosas y que no duda en arriesgar su vida para rescatar a Bianca Castafiore -a la que ama en secreto- de las manos del general Tapioca, un viejo enemigo que les ha tendido una trampa en San Theodoros. San Theodoros, que ya había aparecido en La oreja rota, es una república bananera de América del Sur que puede identificarse con cualquiera de las dictaduras militares de los años setenta. Hergé muestra que la caída del general Tapioca no resuelve los problemas sociales. Aunque cambien los gobiernos, la miseria persiste en forma de chabolas rigurosamente custodiadas por la policía.

La Castafiore es una soprano lírica que goza de reconocimiento mundial, pero su talento no agrada demasiado a Tintín, ni a sus amigos. Ignoro si esta circunstancia tiene algo que ver con los gustos -o las fobias- de Hergé. El supuesto idilio de la diva con Haddock dará lugar a uno de los álbumes más divertidos del ciclo, Las joyas de la Castafiore (1962). Se trata de una comedia chispeante que recuerda las películas de equívocos y puertas falsas. Las confusiones telefónicas y la sordera de Tornasol alcanzan en esta aventura unas proporciones desmesuradas. Un escalón roto del palacio de Moulinsart inmovilizará a Haddock en una silla de ruedas, impidiéndole rehuir la visita de la Castafiore, que insiste en llamarlo “Bartock”, “Kappock” o “Kodack”. Los nervios del pobre capitán bordearán el colapso en las semanas siguientes. Nunca se le había visto tan enfadado e irritable. 

La presencia de Serafín Latón, un pelmazo insoportable que vende seguros, no contribuirá a mejorar la situación. Hergé se propuso urdir una historia donde no sucediera apenas nada y que, sin embargo, lograra atrapar el interés del lector. El resultado fue una peripecia hilarante que se resuelve de un modo trivial. Las joyas robadas aparecen en el nido de una urraca y las pesquisas de Hernández y Fernández se revelan una vez más como un monumento a la idiotez humana. Su estulticia los emparenta con Bouvard y Péuchet. Hergé se basó en su padre y su tío para componer su aspecto: traje negro, bombín pasado de moda, bastón de paseo, mostachos de morsa. Su incorregible estupidez produce una calamidad tras otra. Sufren caídas, intoxicaciones, palizas, linchamientos, pero no despiertan lástima. Sus penalidades son un tributo al cine mudo, con su humor de apariencia inocente, pero con un fondo cruel y despiadado.

En Vuelo 714 para Sidney (1967), Rastapopoulos, el enemigo tradicional de Tintín desde Los cigarros del faraón (1934), se convertirá en un bufón patético que provoca tanta lástima como irrisión. Vestido de cow-boy (camisa rosa con dibujos de fantasía, botas tejanas y sombrero de ala ancha), sufrirá un percance tras otro hasta quedar hecho un guiñapo. Su duelo con el magnate y filántropo Laszlo Carreidas bajo los efectos del suero de la verdad no tiene desperdicio. Ambos rivalizan en bellaquería, mostrando lo borrosas que pueden llegar a ser las distinciones morales. Bajo el aspecto respetable de Carreidas, se esconde un canalla redomado que mató a su tía a disgustos y que culpó a la criada de sus pequeños hurtos domésticos, sin preocuparse de que la echaran a la calle. Aficionado al ocultismo, Hergé introducirá en la aventura un platillo volante procedente de una civilización alienígena. Secuestrado por los extraterrestres, Rastapopoulos desaparecerá definitivamente de la serie. Tal vez, su carrera criminal haya continuado en otras galaxias y ahora esté preparando su regreso.

El genio de Hergé se manifiesta también en los personajes menores, como Abdallah, el mimado hijo de un emir que, a ojos de su padre, es “un pastelito de miel”, “un corderito de azúcar”, pero que no cesa de cometer maldades y urdir pesadísimas bromas que suelen recaer sobre el pobre capitán Haddock. Todos los personajes de las aventuras de Tintín aparecen en las páginas preliminares de cada álbum, formando una galería que evoca los retratos colgados de las paredes de un castillo. Mi niñez queda muy lejos, pero cada vez que contemplo esas imágenes siento que recupero fragmentos de esos años: la aparición de mi madre –sonriente y risueña- con la merienda en una bandeja; las peleas inofensivas con mi hermana, inevitables por la diferencia de sexo y edad; los paseos con mi padre por el Parque del Oeste, explicándome por qué los pieles rojas no eran los malos en Tintín en América, algo difícil de entender para un niño de ocho años que jugaba a indios y vaqueros.

 Tintín y yo hemos pasado juntos muchas horas. Con el tiempo, he comprendido que Hergé tenía razón cuando decía que las aventuras de su personaje eran aptas para niños de siete a setenta y siete años. Yo ampliaría ese margen hasta el límite más remoto de la existencia humana. La idea de morir no es muy estimulante, pero ya que se trata de una cita ineludible, no me importaría dar el último suspiro con un álbum de Tintín entre las manos, mientras escucho el “Aria de las joyas” del Fausto de Gounod. Si lo canta “el ruiseñor milanés”, no descarto la posibilidad de resucitar con los gritos del capitán Haddock, vociferando: “¡Rayos y truenos!, ¡Mil millones de mil millones de naufragios!”.

martes, 6 de marzo de 2018

La mujer que hizo posible ‘Cien años de soledad



La mujer que hizo posible ‘Cien años de soledad’






 
Por Loreto Sánchez Seoane
 

Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha.

Gabriel García Márquez y su mujer Mercedes Barcha.
Iban a ser cuatro meses pero se alargaron hasta 18. El dinero no entraba y después de su coche y de los electrodomésticos, sólo les quedaba por empeñar el secador de pelo. Mercedes Barcha no permitía que a su marido le faltasen sus folios, sus hojas en blanco que acababan estrujadas en el suelo y que reabastecía cada cierto tiempo con otras 500 sobre la mesa. Estaba convencida de su convencimiento. Él estaba soñando una gran novela y era nada menos que García Márquez.

La idea, dicen, surgió de camino a Acapulco, en un viaje en familia en el que al autor le shockeó la inspiración, le invadió la historia. Unos aseguran que dio la vuelta de un volantazo para encerrarse a escribir en su casa de la calle de la Loma, en el barrio de San Ángel de Ciudad de México, donde había llegado cuatro años antes desde Colombia. Otros, que continuó el trayecto y en Acapulco disfrutó pensando.

Ya tenía la historia y le aseguró a su mujer que sería un trabajo rápido. Apareció Macondo y el tiempo hubo que estirarlo. Crecieron las colas de cerdo, las supersticiones, las casas de adobe, una ciudad que pasaría del esplendor al fracaso, y la falta de dinero. No tardaron en tener que hacer de su Opel un sustento, de los electrodomésticos hojas de papel. Como él aseguraría más tarde, fue ella la que se hizo cargo de todo, la que asumió el peso y la que le quitó la preocupación por el dinero.

Fue ella, también, la que pasaba a máquina las páginas que ya tenían el visto bueno del autor. Fue ama de casa, tesorera, contable y secretaria mientras hacía malabares para que ni sus hijos ni su marido notaran la falta de ingresos. Tal fue la situación que, cuentan, al mandar la primera versión a la Editorial Sudamericana, no les llegaba el dinero y tuvieron que enviar primero la mitad y, tras empeñar otro de sus objetos, empaquetar la segunda parte. También dicen que, cuando salieron de correos, Barcha hizo su primer comentario realista: “Lo único que falta ahora es que la novela sea mala”.

"Tenía la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica”

La misma sensación tenía García Márquez. En una carta años después aseguraría que tuvo “la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podía ser afortunada que catastrófica”. Fue, quizás para él, una mezcla entre ambas. La novela se publicó el día 5 de junio de 1967 en Buenos Aires, hace exactamente 50 años, con una dedicatoria a un matrimonio. Eran Jomí García Ascot y María Luisa Elío, los que le ayudaron durante los 18 meses que pasó generando parte de la historia de la literatura, los que se quedaron con las galeradas de su libro llenas de anotaciones a los bordes y los que jamás quisieron venderlas pese al alto precio que llegaron a tener las mismas.

En tan sólo mes y medio, y ante la atónita mirada de Márquez, que antes no había vendido más de 1.000 ejemplares por libro, se agotó la primera edición: 8.000 copias que cambiaron el curso de la literatura iberoamericana y que a día de hoy son una minucia en comparación a los 30 millones de ejemplares que se han vendido en todo el mundo.

Un costumbrismo a lo Faulkner, de los buenos”

Cuentan que la fama le llegó de golpe en Buenos Aires. García Márquez entraba con Mercedes en el teatro y antes de sentarse la gente del patio de butacas le gritó un enhorabuena con tanta efusividad que le costó darse cuenta del porqué. Su obra había revolucionado el panorama y conseguiría internacionalizar lo que conocemos como el boom latinoamericano. Fue el culmen del realismo mágico, de cómo lo insólito se cuela en lo común sin causar sospecha pero sí adicción. Él lo consideró como parte de su cultura, de la de su pueblo, Aracataca, donde él había nacido.

“Conozco a gente del pueblo raso que ha leído Cien años de soledad con mucho gusto y con mucho cuidado, pero sin sorpresa alguna, pues al fin y al cabo no les cuenta nada que no se parezca a la vida que ellos viven”, alegó. Y es que, él la concibió como una narración de costumbres, aunque quitándole la connotación negativa. Como llegó a asegurar, “un costumbrismo a lo Faulkner, de los buenos”. Era el espejo de la Colombia de aquella época, la ruptura con los estilos anteriores y una novedad mágica para el lector español, acostumbrado a un realismo tosco.

"Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio”

Su literatura impactó de tal forma que Gabo pasó a ser una estrella del rock. Su novela le convirtió en el deseado de todos. En 1968 ya se había traducido al francés y al alemán, García Márquez era el escritor de moda y en poco tiempo ganó el Nobel de Literatura (1982). Pero el éxito acabó horrorizándole. En una entrevista que concedió en 1991 al periodista Tomás García Yebra, cuando éste le pregunta por cómo le ha afectado la extrema relevancia de su novela, él contesta: “Una conmoción. Y no para bien. El acoso al que he sido sometido me ha perturbado. Desde entonces, mi vida ya no es la misma. No soy una persona normal. Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio”.

Para él, ni era su mejor trabajo ni las claves que había utilizado eran complejas. “Sin ninguna duda es mejor El otoño del patriarca. Aquí, en cambio, los críticos, ni han sabido leerla ni han sabido interpretarla. Decepcionante”, añadió entonces.

Durante todos esos años de viajes, entrevistas, conferencias, todos y cada uno de ellos, Mercedes permaneció en un oculto segundo plano. Gabo la había mencionado un par de veces, incluso antes de recibir el Nobel aseguró que: “Sin Mercedes no hubiera llegado a escribir el libro”. Pero sería años más tarde cuando la historia de su participación indirecta en la que se consideró la obra culmen del autor se le reconociese y se la aceptase como el aceite que no permitió que el motor gripase. Como dijo la hermana de García Márquez: “Gabito respira por el pulmón de Mercedes”.

sábado, 6 de enero de 2018

martes, 24 de octubre de 2017

martes, 15 de agosto de 2017

EL EQUIPO A



‘El Equipo A’: 45 años en busca y captura




El equipo A de 1983
El equipo A de 1983 Universal


En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del ejército americano fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. 45 años después, nadie ha reparado esta injusticia.
La historia de estos hombres es paradójica. En 1983 empezaron a actuar como soldados de fortuna, tras escapar de prisión y permanecer fugitivos hasta 1986. Ese año fueron detenidos y, aunque no se pudo demostrar su delito (el robo de un banco en Vietnam), fueron condenados a muerte por sedición.
Pudieron evitar la pena por la influencia de un hombre relacionado con el gobierno estadounidense para el que empezaron a trabajar como paramilitares.
En marzo de 1987, se dejó de saber de ellos, pese a que eran fácilmente reconocibles: un excoronel canoso y fumador de puros; un mazado afroamericano con pinta de rapero; un enfermo mental; y un atractivo ligón. Todo tenía tremendo sentido en El Equipo A.


El nacimiento de El Equipo A se lo debemos, como tantas otras cosas, al señor del folio. Stephen J. Cannell. Había sido despedido de la ABC y el entonces director de la NBC lo contrató con el fin de hacer una mezcla entre Misión Imposible y Canción Triste de Hill Street. A George Peppard (Hannibal) le pareció un verdadero bombazo en cuanto leyó el proyecto.
Eso, pese a que para el veterano actor, la presencia de una mujer, Melinda Culea (hacía de reportera) no le hacía mucha gracia, pues era un machista sin solución y creía que aquella era una serie de machos. Peppard tampoco era un dechado de tolerancia con las minorías. Así que, según relata el propio Cannell, estaba algo “molesto” con la presencia de Mr. T.

Además de sus personajes tuvo siempre dos iconos: La furgoneta y su banda sonora. La GMC o Chevrolet Vandura se puede ver todavía en MilAnuncios, con ejemplares por hasta 20.000 euros.
La música del Equipo A es obra de Mike Post, creador de las bandas sonoras de El Gran Héroe Americano o Blossom. La banda sonora cambió en la quinta y última temporada, cuando el equipo A termina trabajando indirectamente para el Gobierno. Sin embargo, se recuperó la original para la película de 2010.
Por cierto, el nombre no es casual. Los equipos A eran los destacamentos de operaciones especiales de la Guerra de Vietnam. Ese lugar donde cuatro de los mejores hombres fueron acusados de un delito que no cometieron. Eso sí, hoy difícilmente puedan ayudarlo: George Peppard falleció en 1994. Lawrence Tureaud (M.A., Mala Actitud Barracus) hace teletiendas. Dwight Schultz (Murdoch) es actor de doblaje. Dirk Benedict (Fénix) ha sido en los últimos años concursante del Gran Hermano VIP de EE.UU. y actor de teatro.

Qué eran los equipos A reales en Vietnam

Un equipo A real en Vietnam en 1965
Un equipo A real en la base de Minh Thanh 1965 Asoc. Amigos de los Veteranos
Las fuerzas especiales del ejército estadonidense (boinas verdes) cuentan con unos destacamentos de operaciones especiales conocidos como equipos Operational Detachments A. Cada equipo A está especializado en un tipo de tarea y está compuesto por 12 personas, cada cual con una función.
Los equipos A tienen plena autonomía para actuar en zonas peligrosas y pueden adentrarse por tierra, mar (buceo) y aire (paracaídas) en regiones restringidas. Por lo general, no cuentan con apoyo externo, por lo que se suelen infiltrar en regiones o grupos para automantenerse. Cuentan con equipos de comunicación por satélite y radio, así como juegos básicos de asistencia sanitaria.
En la Guerra de Vietnam, los equipos A dependían del Quinto Grupo de las Fuerzas Especiales (el mismo que actuó en la operación Libertad Duradera).
En 1969, tras el sospechoso asesinato de un agente doble, tres oficiales fueron detenidos por un delito que, en este caso, sí cometieron. Eso sí, ellos pertenecían a un equipo B, encargados de las operaciones de inteligencia desde Camboya.

lunes, 29 de mayo de 2017

SOBRE IGNORANTES


SOBRE IGNORANTES E IGNORANTAS: CARTA DE UNA PROFESORA CON ACERTADÍSIMA Y LAPIDARIA FRASE FINAL

Carta de una Profesora con acertadísima y lapidaria frase final. Este texto fue escrito por una profesora de un instituto público, por eso su opinión es importante y hay que escucharla.





Yo no soy víctima de la Ley Nacional de Educación.

   Tengo 60 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política.


   En jardín (así se llamaba entonces lo que hoy es "educación infantil", mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente:
la A de "araña", la E de "elefante", la I de "iglesia" la O de "ojo" y la U de "uña".

   Luego, cuando eras un poco mayor, llegaba "Semillitas", un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto.
Eso sí, en el Semillitas, no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.

   En Primaria estudiábamos Lengua , Matemáticas , Ciencias, no teníamos Educación Física.
En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de "b en vez de v" o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota.

   En Bachillerato, estudié Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía.

   Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las "Coplas a la Muerte de su Padre" de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda...


   Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección.


   Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura.

Y.. vamos con la Gramática. 

   En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales.
   El participio activo del verbo atacar es "atacante";
el de salir es "saliente"; el de cantar es "cantante" y el de existir,"existente".

   ¿Cuál es el del verbo ser? Es "ente", que significa "el que tiene identidad", en definitiva "el que es". Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación "ente".

   Así, al que preside, se le llama "presidente" y nunca "presidenta",independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

   De manera análoga, se dice "capilla ardiente", no "ardienta"; se dice"estudiante", no "estudianta"; se dice "independiente" y no "independienta"; "paciente", no “pacienta"; "dirigente", no "dirigenta"; "residente", no "residenta”.

   Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son "periodistos"), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

   Les propongo que pasen el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no "ignorantas semovientas", aunque ocupen carteras ministeriales).

   Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!


SI ESTE ASUNTO "NO TE DA IGUAL",
PÁSALO, POR AHÍ, CON SUERTE, TERMINA HACIENDO BIEN HASTA EN LOS MINISTERIOS.



Porque no es lo mismo tener "UN CARGO PÚBLICO" que ser "UNA CARGA PÚBLICA".

lunes, 15 de mayo de 2017

La Jugoplastika de SPLIT

La Jugoplastika, el último equipo que reinó 1.000 días

Jugoplastika y, después, Pop 84. Nunca supimos muy bien qué representaban aquellos nombres, pero sonaban genial. Cómo no bautizar así al equipo de los recreos, aunque sólo fuera por imitar a esos genios rebeldes que cada primavera asaltaban Europa. Nunca hubo nada igual, exactamente 1.107 días de reinado imberbe, desde el 6 de abril de 1989 en Múnich al 18 del mismo mes de 1991 en París, siempre el Barça devastado por la elegancia de Toni Kukoc, el poderío de Dino Radja o la eficacia de Perasovic.
Sólo había ocurrido una vez: en la prehistoria el ASK Riga encadenó tres Copas de Europa consecutivas (de 1958 a 1961, las tres primeras). Nunca ha vuelto a suceder y eso que hubo, antes y ahora, proyectos de quilates forjados para ese tipo de hazañas. El millonario CSKA de estos tiempos que buscará el próximo fin de semana revalidar corona en la Final Four de Estambul. Aquel Barcelona de Aíto García Reneses, con lo mejor del panorama nacional, y Audie Norris, Steve Trumbo o Piculín Ortiz, entre otros; el Maccabi de entonces (Doron Jamchi, Kevin Magee...); el Aris de Nikos Gallis y Panagiotis Giannakis... Para alguno de aquellos estaba reservada la gloria de suceder a la Phillips de Milán, pero el grupo salvaje de Bozidar Maljkovic, que no alcanzaba a los 23 años de media, iba a sorprender al mundo.

Boza había acudido un tiempo antes, discípulo de mitos como Asa Nikolic y Ranko Zeravica, cuando el club de Split no era demasiado. Con una filosofía clara bajo el brazo, la de las dos únicas posibilidades para él entre canastas: «sprint o stop». Y una espartana hoja de ruta: «Todavía tengo pesadillas de lo mucho que sufrí. No nos daba un minuto de aliento», suele recordar Perasovic. El último éxito de los croatas se remontaba a 1977, pero en su cantera se desarrollaban ya los embriones. Kukoc y Radja, irreverente pareja, capaz de destrozar en la inolvidable final del mundial júnior de Bormio a EEUU (11 de 12 en triples el alero ante los yankees en el enfrentamiento de la primera fase), campeones de la Liga yugoslava un año después. Y ahí, en ese caldo de competitividad balcánica se forjaba la leyenda de este grupo, que irrumpía en las Final Four como William Munny a la taberna: «Todo el que quiera seguir con vida será mejor que se largue». Porque la pujanza doméstica era feroz. El Partizán de Vlade Divac, Zarko Paspalj y Djordjevic; la Cibona de Drazen Petrovic; el Estrella Roja de los Zoran, Jovanovic y Radovic; el KK Zadar de Vrankovic y Komazec, el Olimpia de Ljubliana de Jure Zdovc...
Si a Múnich acudieron cual Cenicienta, pregonados estaban un año después en Zaragoza -en la Final Four que supuso la inauguración del Príncipe Felipe-, pero ni Limoges en semifinales ni el Barcelona en el desenlace pudieron hacer nada. Tampoco en 1991, el broche en París, ya sin Radja ni Ivanovic, con la rareza de su primer americano (Avi Lester) y con Maljkovic en el banquillo de enfrente en la final, otro revés azulgrana, esta vez con Zoran Savic como héroe (27 puntos). No sólo era la tercera corona continental, antes de desintegrarse, justo al mismo tiempo que estallaba una guerra fratricida, estaban firmando el segundo triplete consecutivo (Copa y Liga yugoslava) para hacerse respetar, ya por siempre: el mejor equipo de la historia del baloncesto europeo.