Los Puertos en blanco

Los Puertos en blanco
Nevada 18 de Enero de 2017

sábado, 25 de abril de 2020

Ines del alma mia


Inés Suárez, española de nacimiento, ha pasado a la historia por acabar con la vida de siete caciques chilenos para evitar que medio centenar de conquistadores españoles fuesen masacrados en Santiago. Sin embargo, también fue una de las pocas mujeres que se atrevieron a partir hacia el Nuevo Mundo y la única que se embarcó en la exploración de la costa americana junto a su amante, Pedro de Valdivia, allá por el siglo XVI. En la actualidad, por tanto, parece difícil saber si fue una heroína, una villana o (simplemente) una persona de su tiempo que se vio obligada a tomar medidas drásticas ante una situación desesperada. Con todo, algunos estudiosos de su figura son partidarios de que esta ejecución podría haber sido exagerada en los libros. ¿Realidad o ficción?

Hacia América

Poco se sabe de la vida de Inés Suárez antes de viajar al Nuevo Mundo. Así lo afirma el divulgador histórico José Luis Hernández Garvi en su obra « Adonde quiera que te lleve la suerte» (Edaf, 2014). Según se cree, esta mujer nació en Plasencia, Extremadura, allá por 1507. «Contrajo matrimonio en Málaga para enviudar poco después, circunstancia que la llevó a tomar la decisión de embarcarse al Nuevo Mundo», desvela el autor. Lo mismo opina Sergio Martínez Baeza en su artículo sobre esta curiosa heroína publicado en la Real Academia de la Historia. Este experto señala, por su parte, que las crónicas la definen como «mujer de mucha cristiandad».
Al parecer, la decisión de viajar al Nuevo Mundo la tomó tras barruntar seriamente convertirse en monja tras la muerte de su marido. Sin embargo, al final prefirió cruzar el Atlántico en busca de una nueva vida en 1537, cuando sumaba ya una treintena de primaveras a sus espaldas. Ese año, junto a una sobrina, embarcó en el puerto de Cádiz a bordo del barco del maestre Manuel Marín. «Después de llegar a su destino, su rastro reaparece en Cuzco, donde encontró trabajo como gobernanta en la casa de Pedro de Valdivia», añade el escritor en su obra. Probablemente desconocía que su patrón sería el futuro conquistador de Chile y uno de los amigos más cercanos de Francisco Pizarro.

Como si de una película americana se tratase (no en vano se suele afirmar que la realidad supera la ficción), nuestra Inés cayó rendida a los encantos de Valdivia, veterano de batallas como la de Pavía. Y otro tanto le ocurrió al curtido militar. Aunque en su caso tenía más delito, pues había dejado a su mujer esperándole al otro lado del Atlántico entre sollozos. Debieron pensar que lo pasa en el Nuevo Mundo no tiene por qué saberlo el Viejo, porque ambos iniciaron un romance de esos que todo el mundo sabe, pero que nadie admite para evitar tensiones innecesarias. Dónde se conocieron es otro de los misterios sin resolver. ¿Venezuela? ¿Cuzco? Existen tantas versiones como estudiosos del tema.
En todo caso, lo que está claro es que, como señala Baeza, Inés «habría optado por trabajar cuidando a los soldados heridos, lavando y componiendo sus ropas». Todo ello, mientras su amante le contaba historias sobre sus andanzas pasadas. Anécdotas que hablaban, por ejemplo, de su nombramiento como maestre de campo tras haber demostrado de sobra su valentía o de la guerra civil que se había desarrollado cuando el también conquistador Diego de Almagro se había enfrentado contra el mismísimo Francisco Pizarro.
«Finalizada la guerra civil entre conquistadores, su lealtad había sido recompensada con extensas tierras […] y una mina de plata en Cerro de Poco, cerca del Potosí», añade Hernández Garvi.


Nuevas conquistas

Pero ni todo ese poder sació a Pedro de Valdivia quien, en 1539, solicitó permiso para iniciar la conquista de Chile. No lo haría solo, pues desde el principio doña Inés se mostró resuelta a acompañarle. A la postre, la extremeña se mostró como un gran activo después de que, aprobada la expedición, arribara a aquellas tierras Pero Sancho de Hoz enarbolando tres Reales Cédulas que le autorizaban a navegar exactamente por la misma región que ansiaba tomar el amante de nuestra protagonista. Aunque Pizarro quiso ser salomónico y ordenó que las fuerzas fuesen dirigidas por ambos, Suárez se preocupó de que aquel recién llegado no traicionase a su amado y, de hecho, evitó que fuera asesinado en varias ocasiones.
Los meses siguientes se tradujeron en kilómetros recorridos por la expedición de Valdivia y doña Inés. Así, hasta la llegada al desierto de Atacama (al norte de Chile). Un territorio que se convertiría en una dura prueba para los conquistadores españoles. «Sometidos a los rigores extremos de las temperaturas del día y de la noche, sin agua y con escasos víveres, Valdivia dividió a sus huestes en cuatro grupos que marchaban separados entre sí por una jornada de distancia; de esta forma esperaba no dejar exhaustas las escasas fuentes y pozos que se encontraban en el camino», añade Hernández Garvi. Pero esa idea no sirvió para paliar la brutal sed y el calor abrasador que tenían que sufrir.

«Los informes de los yanaconas, aliados de los españoles, hablaban de miles de guerreros preparados para la batalla»
Durante el trayecto, la joven se dedicó a cuidar a los enfermos y a tratar de mitigar el impacto emocional que suponía hallar los cuerpos momificados de la expedición de Diego de Almagro, quien también había intentado hacerse con Chile. Fue en ese momento de máximo sufrimiento cuando, según las crónicas, doña Inés obró un milagro solo equiparable al que, años después, se viviría en Empel. Al parecer, la amante de Valdivia ordenó a varios hombres que hicieran un pozo en un lugar concreto del territorio.... Y la sorpresa fue mayúscula cuando brotó un manantial de agua de él. Así se recuerda este hecho en la «Crónica del reino de Chile» de Pedro Mariño de Lobera y Bartolomé de Escobar:
«Estando el ejército en cierto paraje a punto de perecer por falta de agua, congojándose una señora que iba con el general llamada doña Inés Suárez, natural de Plasencia y casada en Málaga, mujer de mucha cristiandad y edificación de nuestros soldados, mandó a un indio cavar la tierra en el asiento donde ella estaba, y habiendo ahondado al punto de una vara, salió al punto el agua tan en abundancia que todo el ejército se satisfizo, dando gracias a Dios por tal misericordia. Y no paró en esto su magnificencia, porque hasta hoy conserva el manantial para toda gente, lo cual testifica ser el agua de la mejor que han bebido la del jagüey de doña Inés, que así se la quedó por nombre. Con esta y otras dificultades y trabajos casi increíbles llegaron los españoles a Copiapó, que es la primera tierra poblada de las de Chile».
Aquel curioso milagro permitió, según las crónicas, que la expedición de Pedro de Valdivia arribase felizmente hasta el fértil valle del Copiapó y que la mayoría de sus hombres se salvasen. Corría por entonces octubre de 1540. Ni los nativos, organizados para acabar con ellos, pudieron detener a estos aguerridos españoles en su avance por la región. Una zona que fue tomada en nombre del rey de España y bautizada con el nombre de Nueva Extremadura. A partir de entonces continuaron hacia el sur hasta que llegaron al cerro de Huelén, donde fundaron en 1541 la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura. El amante de Inés adoptaría, no mucho después, el cargo de Gobernador y Capitán General Interino de la urbe en nombre del Rey después de escuchar rumores que hablaban del asesinato de Pizarro.

Defensa sangrienta

Los días fueron pasando entre más conquistas, batallas sangrientas (como la del valle del Aconcagua) y conspiraciones para tratar de arrebatar el poder a Valdivia. Así llegó septiembre de 1541, un mes aciago para Inés y su amante, pues fue en el que los nativos decidieron unirse en torno a la figura del cacique local Michimalonco para asaltar Santiago y pasar por la espada a todo aquel conquistador español que hubiese en su interior. Pintaban bastos.
«Los informes de los yanaconas, aliados de los españoles, hablaban de miles de guerreros preparados para la batalla», añade el autor español en su obra. El maestre de campo partió entonces a su encuentro y dejó en la urbe a una cuarentena de peninsulares y a dos centenares de aliados indígenas al mando de su lugarteniente. «Este organizó las defensas, reforzando la empalizada que protegía a la población y repartiendo armas a sus escasas fuerzas», completa Hernández Garvi. También escondieron en el lugar a siete caciques locales que habían atrapado y que, en caso de extrema necesidad, pensaban canjear por su vida.

El 11 de septiembre, antes del amanecer, el infierno se desató ante los españoles de Santiago, donde también se encontraba Inés. De la nada, miles de guerreros rodearon la empalizada y se dispusieron a tomar la ciudad. No pudieron elegir mejor hora para atacar, pues la oscuridad impidió a los españoles disparar sus arcabuces contra los asaltantes (no demasiado efectivos, pero sí aterradores). El relevo lo tomó la caballería, que se vio obligada a lanzarse en varias ocasiones contra los enemigos para obligarles a retroceder. Por entonces, en el Nuevo Mundo no había nada más letal que un envite de los jinetes hispanos, pero el número de enemigos era tan alto que parecía imposible rechazarles.
Durante todo el asedio, doña Inés se dedicó, en principio, a cuidar de los heridos y ayudar a los soldados en mitad del combate. «Ante la escasez de españoles suficientes para rechazar los continuos ataques de los indios, la española animaba a los heridos a los que había prestado primeros auxilios para que, sin pérdida de tiempo, volvieran a ocupar su puesto en la empalizada», añade el autor español. Por si fuera poco, cuando la situación empezó a ser desesperada, se puso una coraza y se dedicó a alentar a los combatientes y a instarles a mantener su posición. La premisa era no rendirse. Al final, no obstante, los peninsulares terminaron retrocediendo ante el empuje de los enemigos.

La dura decisión

En ese momento fue en el que, según algunas crónicas, Inés decidió que la única forma de evitar la matanza de los hombres de Valdivia era acabar con la vida de los caciques presos para desmoralizar a los asaltantes. Según Hernández Garvi, la propuesta fue rechazada por el lugarteniente de su amante. No porque fuera una barbaridad, sino porque creía que eso enfurecería mucho más a sus enemigos. La historia oficial incide en que Inés logró convencer a los soldados y que, al ver que nadie se atrevía a acabar con los reos, ella misma desenvainó una espada y les dio muerte decapitándoles. Así lo afirma el primer cronista que dejó constancia de este hecho, Jerónimo de Vivar, en su «Crónica y relación copiosa y verdadera del reino de Chile» (escrita en 1558):
«Cuando allegó a la puerta de la casa, salió una dueña que en casa del general estaba, que con él había venido sirviéndole del Pirú, llamada Inés Juárez, natural de Málaga. Como sabía, reconociendo lo que cualquier buen capitán podía reconocer, echó mano a una espada y dio de estocadas a los dichos caciques, temiendo el daño que se recrecía si aquellos caciques se soltaban. A la hora que él entraba, salió esta dueña honrada con la espada ensangrentada, diciendo a los indios: «Afuera, auncaes» que quiere decir: «Traidores, que ya yo os he muerto a vuestros señores y caciques», diciéndoles que lo mismo haría a ellos y, mostrándoles la espada, los indios no le osaban tirar flecha ninguna […] Mandó luego el teniente llevar los malheridos a donde aquella dueña estaba y ella los curaba y animaba».

Pedro de Valdivia
Pedro de Valdivia
Su plan, según parece, funcionó. Así lo dejaron escrito también los cronistas Pedro Mariño de Lobera y Bartolomé de Escobar en la obra ya mencionada:
«Mas como empezase a salir la aurora y anduviese la batalla muy sangrienta, comenzaron también los siete caciques que estaban presos a dar voces a los suyos para que los socorriesen libertándoles de la prisión en que estaban. Oyó estas voces doña Inés Juárez, que estaba en la misma casa donde estaban presos, y tomando una espada en las manos se fue determinadamente para ellos y dijo a los dos hombres que los guardaban, llamados Francisco Rubio y Hernando de la Torre, que matasen luego a los caciques antes que fuesen socorridos de los suyos. Y diciendo Hernando de la Torre, más cortado de terror que con bríos para cortar cabezas:
-Señora, ¿de qué manera los tengo yo de matar?
Respondió ella:
-Desta manera.
Y desenvainando la espada los mató a todos con tan varonil ánimo como si fuera un Roldán o Cid Ruy Díaz. Habiendo, pues, esta señora quitado las vidas a los caciques, dijo a los dos soldados que los guardaban que, pues no habían sido ellos para otro tanto, hiciesen siquiera otra cosa, que era sacar los cuerpos muertos a la plaza para que viéndolos así los demás indios cobrasen temor de los españoles».
Desde entonces han sido decenas las novelas históricas que han replicado esta historia. Sin embargo, autores como Garvi son partidarios de que podría haber sido exagerada. «El testimonio, además de poner de manifiesto una extremada crueldad, parece un tanto exagerado. Resulta difícil creer que una mujer que había dado tantas muestras de generosidad y compasión ayudando a los demás, se mostrase capaz de cometer siete crímenes a sangre fría, exhibiendo un comportamiento brutal propio de una persona sin piedad», desvela. Con todo, el autor también acomete con cautela estas afirmación, pues sabe que el mismo Valdivia afirmó en su exposición posterior de los hechos que «ella les ayudó a ello [matarlos]». Pero... ¿Qué implicaba «ayudar»? A día de hoy, lo desconocemos.
La historia de Inés no acaba en este punto. Poco después tuvo que abandonar a su amante cuando acusaron a este de estar «amancebado» con otra mujer que no era su esposa. Obligada, contrajo matrimonio con otro español para no ser expulsada de la comunidad. A partir de entonces su pista se pierde en los archivos. «Dice Medina que Inés Suárez rindió una información de méritos y servicios a la Corona, la cual parece perdida. Se dice que vivió hasta los setenta y dos años y que murió en el año 1579 o 1580», completa Baeza.

Tintín en el lado oscuro: el pasado antisemita, racista y colonialista del reportero belga

Tintín en el lado oscuro: el pasado antisemita, racista y colonialista del reportero belga

Orientada por un religioso cercano al ideario de Mussolini, la primera entrega de la obra de Hergé –Tintín en el país de los Soviets– está repleta de guiños propagandísticos.

La segunda –Tintín en el Congo– es un retrato paternalista de los habitantes nativos del Congo Belga.

Sólo a partir de la tercera pieza, Tintín en América, Hergé pudo empezar a desarrollar toda la grandeza de un personaje excepcional.




En la página 35 de la edición española de Tintín en el país de los Soviets (Editorial Juventud), el reportero belga creado por Hergé se acerca a una concentración en la que se decide qué lista gana las elecciones. “Camaradas, se han presentado tres listas… ¡Una es del partido comunista!”, dicen unos militares sobre un estrado. “Los que se opongan a esta lista que levanten la mano. ¿Quién se declara en contra de esta lista?”, preguntan mientras apuntan a la muchedumbre con sus armas. “¿Nadie? Proclamo vencedora por unanimidad la lista comunista”, zanja orgulloso el soviet.
En la página 78 de la misma edición, Tintín llega a Moscú y mira a su alrededor: sólo ve pobreza y desolación. “De la ciudad tan maravillosa que era Moscú, mira lo que han hecho los soviets: ¡un lodazal infecto!”. 
En la misma página, pocas viñetas después, el reportero rubiales se asoma a una cola en la que se reparte pan. El funcionario al cargo les pregunta a los niños si son comunistas. Sólo si responden afirmativamente les da su ración. “Otra plaga de la Rusia actual: bandas de niños abandonados, vagabundeando por las ciudades y los campos y viviendo del robo y la mendicidad”, dice Tintín. “Pobres críos”, le responde Milú. 
Más adelante, en la página 104, un malherido Tintín se despierta en un lugar que no reconoce. Le han secuestrado. Cuando pregunta por su paradero, su captor le dice lo siguiente: “Estás en el escondrijo donde Lenin, Trosky y Stalin han ocultado los tesoros robados al pueblo”.
Son sólo cuatro ejemplos que dejan claro cristalino que detrás de las primeras aventuras del entrañable periodista belga había un evidente trasfondo político. Pongámonos en contexto: la primera serie de Tintín –ésta, la de los Soviets– se publicó originalmente en el suplemento juvenil Le Petit Vingtième entre el 10 de enero de 1929 y el 8 de mayo de 1930. Hablamos de la Europa de entreguerras, etapa en la que el fascismo ya mostraba sus colmillos a la espera de revelarse como el demonio que terminó siendo.
Tintín en el país de los Soviets (1929-1930).
© Fotografía: D. R.
Tintín en el país de los Soviets
Norbert Wallez, sacerdote y periodista belga, dirigía el periódico Le Vingtième Siècle, hogar del suplemento en el que arrancan las tiras animadas de Tintín. Wallez, ultraconservador y simpatizante de las doctrinas de Mussolini, aprovechó su puesto al mando del diario para hacer propaganda… aunque él prefería decir que dirigía un "periódico católico para la doctrina e información”. 
Como no podía ser de otra manera, el abate también se declaraba –así lo corroboran muchos de sus artículos– antisemita, antimarxista y anticomunista. Ahora lo vemos con otra perspectiva, pero estas ideas eran habituales tanto en Bélgica como en buena parte de la Europa occidental de la época. El patriotismo, el catolicismo, la moral estricta y la disciplina marcaban la pauta.
En el periódico de Wallez trabajaba desde 1927 Georges Remi (nombre real de Hergé, seudónimo con el que pasaría a la historia), a quien el abate encargó dirigir Le Petit Vingtième desde su lanzamiento en noviembre del 28. El objetivo era claro: crear tiras que inculcasen el ideario sociopolítico de Wallez a los jóvenes lectores del suplemento. Es decir, inocular en la mente de los chavales el sentimiento profascista y antisemita del abate a través de un intrépido periodista y de su entrañable perrete
Así nació Tintín en el país de los Soviets, un preclaro instrumento de propaganda en el fondo y un rudimentario ejercicio artístico en la forma. La historieta, no obstante, fue un éxito inmediato, logrando explotar el sentimiento anticomunista y el miedo (al) rojo.

Racismo y colonialismo

El éxito de Tintín en el país de los Soviets le permitió a Hergé volar al margen del dictado del religioso, si bien es cierto que aún tuvo que tragar con otra tira que hoy le saca los colores al más desvergonzado. 
Hablamos de Tintín en el Congo, una serie que con el paso de los años ha sido objeto de críticas tanto por su actitud racista y colonial como por su exaltación de la caza mayor. El conflicto llega incluso al siglo XXI: un ciudadano belga de origen congoleño pidió en 2007 que se retirase el cómic de todo espacio público por constituir una “apología de la colonización y del racismo”. En 2011, un tribunal belga rechazó la petición: "El cómic no era racista en 1931, aunque sí pueda serlo a la luz de la mentalidad actual”.
Recordemos, por tanto, que estamos valorando dos historias escritas hace 90 años en un contexto muy diferente al actual: en los 30, cuando se empezó a publicar la tira, esta representación paternalista apenas generó controversia porque la manera de actuar del reportero animado entraba dentro de lo que se consideraba normal (que conste también que estamos evitando hablar de las prácticas genocidas de Leopoldo II, rey de los belgas, en el país africano, las cuales le dan otra vuelta de tuerca más a lo inapropiado del contenido del tebeo). 
En realidad, la actitud del “blanquito” occidental hacia el “negrito” africano (las comillas no son gratuitas: en esos términos se menciona a unos y otros en el tebeo) sólo comenzó a cambiar a mejor durante la descolonización de los años 50, un proceso que culminó en la independencia del país en 1960.
En la versión a color de 1946, Hergé suprimió algunos detalles colonialistas.
© Fotografía: D. R.
Tintín en el Congo
Sea como fuere, Tintín en el Congo representa a los congoleños como seres infantiles, perezosos y estúpidos que dependen de las enseñanzas del hombre europeo blanco. En la última página del tomo, unos nativos arrodillados hacen reverencias a una figura de Tintín tallada en madera. Otra barrabasada más.
Muchos tintinólogos –y cualquiera que tenga algo de sentido común– consideran estas dos piezas como las peores de la obra de Hergé. De hecho, él mismo terminó renegando de ellas, sobre todo de la primera, la cual calificó como una “transgresión de juventud” (es más: fue la única que Hergé se negó a colorear en las sucesivas reediciones). 
Porque al margen de su trasfondo sociopolítico –recomendamos encarecidamente su lectura; es una manera maravillosa de viajar en el tiempo para entender el contexto de una época convulsa–, estas dos primeras historias son, básicamente, una sucesión de gags más o menos divertidos en los que la trama y la estructura brillan por su ausencia. 
De hecho, Hergé reconoció haber escrito sus primeras tiras sin guion ni orden; apremiado por la necesidad de entregar su trabajo, rellenaba viñetas como buenamente podía pocas horas antes del cierre del suplemento.
A partir de la tercera entrega, Tintín en América (1931), la colección cobró forma e identidad: las aventuras del reportero estaban organizadas dentro de una historia que mezcla gánsteres, contrabando y un plan para acabar con Tintín. De algún modo, el chaval se profesionalizó a la tercera. 
Sea como fuere, las dos primeras series también nos ayudan a entender la grandeza de un personaje único en la historia del cómic, un tipo de flequillo rubio y trazo fino que ha elevado el tebeo europeo a la categoría de arte. 
A fin de cuentas, ¿quién no ha cometido algún que otro error de juventud?

PROTECCION ESPACIO NATURAL NUEVA SEÑALETICA

En la carrtera de Perín

miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA LAGUENA


La Wikipedia dice: “La launa es una arcilla magnésica de estructura pizarrosa y color gris azulado, que resulta de la descomposición de las pizarras arcillosas, y que por sus magníficas propiedades impermeables y aislantes es utilizada para cubrir hornos y tejados (que reciben la denominación de ‘terraos’) en la comarca de la Alpujarra granadina, la Alpujarra Almeriense y en la del Campo de Cartagena, donde recibe la denominación de láguena.“ 






Paredes de láguena con arbustos de Crithmum (verdes), Limoniums (pequeños) y Periplocas (grandes)
Me consta que mucha gente se refiere a la láguena con cierto desdén y menosprecio. A mi personalmente es un paisaje que me encanta y que en algunas zonas de la costa llega a tomar tintes de fantasía.

Las láguenas, las laderas de láguena, suelen aparecer en zonas muy erosionadas y áridas, y son comunes por toda la sierra litoral de Cartagena. En la costa de la Muela donde se rompen los montes al llegar al mar son frecuentes los taludes y desprendimientos de láguenas azules, rosas, rojas, blancas… hay zonas en que no sabes que es más verde si el mar o la roca.
Las cubiertas y los hornos de láguena aparecen tanto en las excavaciones arqueológicas de época romana como hoy en día en las antiguas casas de campo de zonas aisladas en las que todavía es posible ver la que fueran viviendas rurales tradicionales del campo Cartagena (especialmente zona litoral). Unas casas pequeñas, con las esquinas redondeadas, encaladas en blanco, cúbicas y con el “terrao” de láguena azul brillante.
Esta misma casa nuestra todavía conserva su cubierta original de láguena bajo la actual de baldosas que la cubre. 

Láguenas de colores
Si algún día pasáis por Cartagena acercaros por los bares de la zona del puerto y del ayuntamiento viejo y pediros una láguena, un chupito de vino dulce y anís (50/50). Está muy bueno y entra peligrosamente bien.




    Uno de los elementos que le confieren esa especial singularidad a la arquitectura alpujarreña son los 'Terraos' (terrados, en "fino"): se trata de un tejado o cubierta plana, de un característico color gris azulado resultante de la impermeabilización mediante una arcilla o tierra especial denominada láuna, sobre los que sobresalen unas chimeneas típicas, de forma troncocónica de 0,75 a 1,50 m. de altura, las cuales se rematan con una especie de sombrerete realizado con una lasca de pizarra sobre la que descansa un castigadero. No obstante, en la actualidad el término 'terrao' se ha extendido y con frecuencia se aplica a cualquier cubierta plana de un edificio.

    Los terraos típicos son normalmente accesibles (practicables) desde la calle, llegando incluso (en los pueblos situados en pendientes muy pronunciadas) a estar al mismo nivel de esta, o bien desde la propia casa a través de una pequeña lumbrera o lucernario (con forma de castillete abierto por una de sus caras). Siendo utilizados a modo de terraza (aunque desprovista de barandas o muros de protección) como punto de reunión para los vecinos y como secadero de diferentes productos agrícolas: higos, tomates, uvas, etc. 



    La forma más usual de construcción es: sobre un forjado de troncos de madera rectos (llamados vigas o cargaderos) y confeccionado a partir de los árboles disponibles en el lugar: fresno, castaño, almez, álamo, etc., se dispone un cañizo (entramado de caña tejida con esparto) o zarzo como base del terrao. A pesar de su duración (superior por término medio a los treinta años) en contacto con la humedad de la láuna tienden a pudrirse, razón por lo que para protegerlo de esta se solía colocar una capa vegetal (predominantemente de: adelfa, retama, la propia monda de las cañas, etc.) y tierra que reciben el nombre de: chasca y / o malhecho; tras la aparición del plástico en láminas, esta capa ha sido sustituido por este material mucho más aislante y duradero, entre capas de arena fina (para evitar su rotura al ser pisado). No obstante conviene destacar el siguiente comentario de J.A. López (pg. 74) al respecto:
Una práctica errónea que se ha extendido bastante, es la colocación de una lámina de polietileno (plástico) debajo de la capa de láuna, para evitar las goteras. Con este sistema se frena la ventilación natural que las alfanjías necesitan y terminan pudriéndose. El plástico conlleva además un segundo inconveniente como es la imposibilidad de pisar encima si no es perforándolo, por los que se acaba con la costumbre de los vecinos de sentarse den las azoteas durante las puestas de sol.

'Terrao' (semiderruido) con lascas de pizarra
    En las zonas de alta montaña y lugares donde abunda la pizarra es corriente sustituir el cañizo por lascas de este material, colocadas directamente sobre la madera (foto anterior) y que, aunque para muchos constructores resultan excesivamente pesadas, tienen la gran ventaja de su inalterabilidad. En otros lugares, para facilitar la distribución de las lascas sobre los troncos, se disponen en cruz un entramado de ramas de menor grosor, denominadas alfanjías o alfarjías.

    Los 'terraos' se compartimentan o limitan con un murete o realzado, siguiendo los muros de carga de la vivienda, llamado 'castigadero', y que en las paredes exteriores sirve para sostener un pequeño alero de unos 10 - 20 cm., construido a base de lozas - lascas de pizarra denominadas 'beril'; los desagües, aunque podían bajar el agua por la pared utilizando canales realizadas con troncos de pita huecos, lo más usual es que se apartara mediante piedras planas o gárgolas de diversos materiales: madera (como la pita), zinc, cerámica o piedra.

    Los 'terraos' deben tener una pendiente que oscila entre el 2% y el 5% (excepcionalmente superior), la cual pude proceder tanto por la inclinación que se le den a los maderos sobre los que monta, como por una mayor acumulación de láuna en el mismo.
Una inclinación inferior a las indicadas provocaría el encharcamiento del 'terrao' mientras que una superior facilitaría el arrastre de la tierra y descarnaría la láuna. En cualquier caso resulta necesario "recargar" o "recebar" los terrados periódicamente, cada 1-2 años hasta incluso 5 o más, según las lluvias caídas, lo que lleva a que se lleguen a acumular grosores que, de los 5 a 10 cm. iniciales, llegan a superan el medio metro de espesor, tras recargas sucesivas de láuna.

    Según algunas creencias o costumbres populares la realización del 'terrao' y sus periódicas recargas se deben efectuar coincidiendo con la luna menguante de agosto, para que así no se produzcan grietas ni goteras en el mismo. Con independencia de estas "creencias", se suelen "sembrar" con sal (echar sal) para evitar que crezcan las hierbas, las cuales propician el resquebrajamiento de la láuna.

    Por dentro, para proteger el cañizo y darle un aspecto más decorativo, el techo se blanqueaba o excepcionalmente se le aplicaba una capa de yeso (revocaba) en cuyo caso se denominaba entabacado.