Libertad Digital por gentileza de Plaza & Janés recupera el capítulo del libro Manual del perfecto idiota latinoamericano y español
que sus autores, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y
Álvaro Vargas Llosa dedicaron a la obra más popular del escritor
uruguayo Eduardo Galeano, fallecido esta semana. Las venas abiertas de América Latina, es la Biblia del populismo izquierdista.
Reproducimos a continuación extractos de dicho capítulo, el tercero, titulado: La Biblia del Idiota.
En el último cuarto de siglo el idiota latinoamericano ha contado con
la notable ventaja de tener a su disposición una especie de texto sagrado, una Biblia en la que se recogen casi todas las tonterías que circulan en la atmósfera cultural de eso a lo que los brasileros llaman "la izquierda festiva".
Naturalmente, nos referimos a Las venas abiertas de América Latina,
libro escrito por el uruguayo Eduardo Galeano a fines de 1970, cuya
primera edición en castellano apareció en 1971. Veintitrés años más
tarde -octubre de 1994- la editorial Siglo XXI de España publicaba la
sexagésima séptima edición, éxito que demuestra fehacientemente tanto la
impresionante densidad de las tribus latinoamericanas clasificables
como idiotas, como la extensión de este fenómeno fuera de las fronteras
de esta cultura.
En efecto… hay bastantes posibilidades de que la idea de América
Latina grabada en las cabecitas de muchos jóvenes latinoamericanistas
formados en Estados Unidos, Francia o Italia (no digamos Rusia o Cuba)
haya sido modelada por la lectura de esta pintoresca obra ayuna de orden, concierto y sentido común.
¿Por qué? ¿Qué hay en este libro que miles de personas compran,
muchas leen y un buen por ciento adopta como diagnóstico y modelo de
análisis? Muy sencillo: Galeano -quien en lo personal nos merece todo el
respeto del mundo- , en una prosa rápida, lírica a veces, casi siempre
efectiva, sintetiza, digiere, amalgama y mezcla a André Gunder Frank,
Ernest Mandel, Marx, Paul Baran, Jorge Abelardo Ramos, al Raúl Prebisch anterior al arrepentimiento y mea culpa, a Guevara, Castro
y algún otro insigne "pensador" de inteligencia áspera y razonamiento
delirante. Por eso su obra se ha convertido en la Biblia de la
izquierda. Ahí está todo, vehementemente escrito, y si se le da una
interpretación lineal, fundamentalista, si se cree y
suscribe lo que ahí se dice, hay que salir a empuñar el fusil o -los más
pesimistas- la soga para ahorcarse inmediatamente.
Acerquémonos a la Introducción, dramáticamente subtitulada
"Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta", y
aclaremos, de paso, que todas las citas que siguen son extraídas de la
mencionada edición sexagésima séptima, impresa en España en 1994 por
Siglo XXI para uso y disfrute de los peninsulares. Gente -por cierto-
que sale bastante mal parada en la obra. Cosas del historimasoquismo, como le gusta decir a Jiménez Losantos. Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el
descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en
capital europeo, o más tarde norteamericano, y como tal se ha acumulado y
se acumula en los lejanos centros de poder. (p. 2)
Aunque la introducción no comienza con esa frase, sino con otra que
luego citaremos, vale la pena acercarnos primero a ese párrafo porque en
esta metáfora hemofílica que le da título al libro hay una sólida pista
que nos conduce exactamente al sitio donde se origina la distorsión analítica del señor Galeano: se trata de un caso de antropomorfismo histórico-económico.
El autor se imagina que la América Latina es un cuerpo inerte,
desmayado entre el Atlántico y el Pacífico, cuyas vísceras y órganos
vitales son sus sierras feraces y sus reservas mineras, mientras Europa
(primero) y Estados Unidos (después) son unos vampiros que le chupan la
sangre. Naturalmente, a partir de esta espeluznante premisa
antropomórfica no es difícil deducir el destino zoológico que nos espera
a lo largo del libro: rapaces águilas americanas ferozmente carroñeras,
pulpos multinaciones que acaparan nuestras riquezas, o ratas
imperialistas cómplices de cualquier inmundicia. La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. (p. 1)
Así, con esa frase rotunda, comienza
el libro. Para su autor, como para los corsarios de los siglos XVI y
XVII, la riqueza es un cofre que navega bajo una bandera extraña, y todo
lo que hay que hacer es abordar la nave enemiga y arrebatárselo. La
idea tan elemental y simple, tan evidente, de que la riqueza moderna
sólo se crea en la buena gestión de las actividades empresariales no le
ha pasado por la mente.
Lamentablemente, son muchos los idiotas latinoamericanos que
comparten esta visión de suma cero. Lo que unos tienen –suponen-,
siempre se lo han quitado a otros. No importa que la experiencia
demuestre que lo que a todos conviene no es tener un vecino pobre y
desesperanzado, sino todo lo contrario, porque del volumen de las
transacciones comerciales y de la armonía internacional va a depender no
sólo nuestra propia salud económica, sino la de nuestro vecino.
Portada del libro
Cualquier observador objetivo que se sitúe en 1945, año en que
termina la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos es, con mucho, la
nación más poderosa de la tierra, puede comprobar cómo, mientras aumenta
paulatinamente la riqueza global norteamericana, disminuye su poderío
relativo, porque otros treinta países ascienden vertiginosamente por la
escala económica. Nadie se especializa en perder. Todos (los que hacen bien su trabajo) se especializan en ganar.
(…) La región (América Latina) sigue trabajando de sirvienta.
Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas como fuente y
reserva del petróleo y el hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el
café, las materias primas y los alimentos con destino a los países
ricos, que ganan consumiéndolos mucho más de lo que América Latina gana
produciéndolos. (p. 1)
Este delicioso párrafo contiene dos de los disparates
preferidos por el paladar del idiota latinoamericano, aunque hay que
reconocer que el primero –"nos roban nuestras riquezas naturales"- es
mucho más popular que el segundo: los países ricos "ganan" más
consumiendo que América Latina vendiendo.
Vamos a ver: supongamos que los evangelios del señor Galeano se
convierten en política oficial de América Latina y se cierran las
exportaciones del petróleo mexicano o venezolano, los argentinos dejan
de vender en el exterior carnes y trigo, los chilenos atesoran
celosamente su cobre, los bolivianos su estaño, y colombianos,
brasileros y ticos se niegan a negociar su café, mientras Ecuador y
Honduras hacen lo mismo con el banano. ¿Qué sucede? Al resto del mundo,
desde luego, muy poco, porque toda América Latina apenas realiza el ocho
por ciento de las transacciones internacionales, pero para los países
al sur del Río Grande la situación se tornaría gravísima. Millones de
personas quedarían sin empleo, desaparecería casi totalmente la
capacidad de importación de esas naciones y, al margen de la parálisis
de los sistemas de salud por falta de medicinas, se produciría una
terrible hambruna por la escasez de alimentos para los animales,
fertilizantes para la tierra o repuestos para las máquinas de labranza.
Incluso, si el señor Galeano o los idiotas que comparten su análisis
fueran consecuentes con el antropomorfismo que sustentan, bien pudieran
llegar a la conclusión inversa: dado que América Latina importa más de
lo que exporta, es el resto del planeta el que tiene su sistema
circulatorio a merced del aguijón sanguinolento de los
hispanoamericanos. De manera que sería posible montar un libro
contravenoso en el que apasionadamente se acusara a los latinoamericanos
de robarles las computadoras y los aviones a los gringos, los
televisores y los automóviles a los japoneses, los productos químicos y
las maquinarias a los alemanes y así hasta el infinito. Sólo que ese
libro sería tan absolutamente necio como el que contradice.
(...)
Por un lado, Galeano no es capaz de entender que si los
latinoamericanos no exportan y obtienen divisas, a duras penas podrán
importar. Por otro, no se da cuenta de que los impuestos que pagan los
consumidores de esos productos no constituyen una creación de riqueza,
sino una simple transferencia de riqueza del bolsillo privado a la
tesorería general del sector público, donde lo más probable es que una
buena parte sea malbaratada, como suele ocurrir con los gastos del
Estado. Hablar de precios justos en la actualidad es un concepto medieval. Estamos en plena época de la libre comercialización. [Y de ahí concluye Galeano que:] cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios. (p.1)
Aquí está -en efecto- la teoría del precio justo y el horror al
mercado. Para Galeano, las transacciones económicas no deberían estar
sujetas al libre juego de la oferta y la demanda, sino a la asignación de valores justos a los bienes
y servicios; es decir, los precios deben ser determinados por
arcangélicos funcionarios ejemplarmente dedicados a estos menesteres. Y
supongo que el modelo que Galeano tiene en mente es el de la era
soviética, cuando el Comité Estatal de Precios radicado en Moscú contaba
con una batería de abrumados burócratas, perfectamente diplomados por
altos centros universitarios, que asignaban anualmente unos quince
millones de precios, decidiendo, con total precisión, el valor de una
cebolla colocada en Vladivostok, de la antena de un sputnik en el
espacio o de la junta del desagüe de un inodoro instalado en una aldea
de los Urales, práctica que explica el desbarajuste en que culminó aquel
experimento, como muy bien vaticinara Ludwig von Mises en un libro —Socialismo— gloriosa e inútilmente publicado en 1926.
(…)
¿No se da cuenta el idiota latinoamericano de que Rusia y el bloque del Este
se fueron empobreciendo en la medida en que se empantanaban en el caos
financiero provocado por las crecientes distorsiones de precios
arbitrariamente dispuestos por burócratas justos, que con cada decisión
iban confundiendo cada vez más al aparato productivo, hasta el punto en
que el costo real de las cosas y los servicios tenían poca o ninguna
relación con los precios que por ellos se pagaban?
Pero volvamos al esquema de razonamiento primario de Galeano y
aceptemos, para entendernos, que a los colombianos hay que pagarles un
precio justo por su café, a los chilenos por su cobre, a los venezolanos
por su petróleo y a los uruguayos por su lana de oveja. ¿No pedirían
entonces los norteamericanos un precio justo por su penicilina o por sus
aviones? ¿Cuál es el precio justo de una perforadora capaz de extraer
petróleo o de unos «chips» que han costado cientos de millones de
dólares en investigación y desarrollo? Y si después de llegar a un
acuerdo planetario para que todas las mercancías tuvieran su precio
justo, de pronto una epidemia terrible eliminara todo el café del
planeta, con la excepción del que se cultiva en Colombia, y comenzara la
pugna mundial por adquirirlo, ¿debería Colombia mantener el precio
justo y racionar entre sus clientes la producción, sin beneficiarse de
la coyuntura? ¿Qué hizo Cuba, en la década de los setenta, cuando
realizaba el ochenta por ciento de sus transacciones con el Bloque del
Este, a precios justos (es decir, fijados por el Comité de Ayuda Mutua
Económica -CAME - ), pero de pronto vio cómo el azúcar pasaba de 10 a 65
centavos la libra? ¿Mantuvo sus exportaciones de dulce a precios justos
o se benefició de la escasez cobrando lo que el mercado le permitía
cobrar?
Es tan infantil, o tan idiota, pedir precios justos como quejarse de la libertad económica para producir y consumir. Elmercado, con sus ganadores y perdedores —es importante que esto se entienda —, es la única justicia económica posible. Todo lo demás, como dicen los argentinos, es verso. Pura cháchara de la izquierda ignorante. El modo de producción y la estructura de clases
de cada lugar han sido sucesivamente determinados desde fuera, por su
incorporación al engranaje universal del capitalismo. (p. 2) ... A cada
cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo
de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de
las dependencias sucesivas, que tienen mucho más de dos eslabones, y
que por cierto, también comprenden dentro de América Latina la opresión
de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de
cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen
sobre sus fuentes interiores de víveres y mano de obra. (p. 3)
El acabose. (…) Dice Galeano que el "modo de producción y la
estructura de clases de cada lugar han sido determinados desde fuera".
En esa palabra –determinados- ya hay toda una teoría conspirativa de la
historia. A Galeano no se le puede ocurrir que la integración de América
Latina en la economía mundial no ha sido determinada por nadie, sino
que ha ocurrido, como le ha ocurrido a Estados Unidos o a Canadá, por la
naturaleza misma de las cosas y de la historia, sin que nadie -ni
persona, ni país, ni grupo de naciones- se dedique a planearlas.
(…)
Pero si en lugar de quejarse de algo tan inevitable como conveniente,
el idiota latinoamericano se dedicara a estudiar cómo algunas naciones
antes paupérrimas se han situado en el pelotón de avanzada, observaría
que nadie ha impedido a Japón, a Corea del Sur o a Taiwán convertirse en
emporios económicos. La lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga
los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el
bienestar de nuestras clases dominantes -dominantes hacia dentro,
dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas
a una vida de bestia de carga. (p.4)
Quienes opinan una atrocidad de este calibre no son capaces de entender que el concepto clase no existe,
y que una sociedad se compone de millones de personas cuyo acceso a los
bienes y servicios disponibles no se escalona en compartimientos
estancos, sino en gradaciones casi imperceptibles y móviles que hacen
imposible trazar la raya de esa supuesta justicia ideal que persiguen
nuestros incansables idiotas.
Tomemos a Uruguay, el país del señor Galeano, una de las naciones
latinoamericanas en que la riqueza está menos mal repartida. (…) Pero
¿hasta dónde puede llegar esta cadena de verdugos y víctimas? Hasta el
infinito: hay uruguayos con aire acondicionado, lavadora y teléfono.
¿Les han robado a otros uruguayos más pobres estas comodidades propias
de los grupos medios? ¿Se ha puesto a pensar el señor Galeano a quién le
roba él su relativa comodidad de intelectual bien situado, frecuente
pasajero trasatlántico? El ingreso promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces
mayor que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces más
intenso. Y los promedios engañan (...) seis millones de latinoamericanos
acaparan, según Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta
millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social. (p. 4)
Lo que Galeano no es capaz de comprender -y demos sus cifras por
ciertas- es que ese norteamericano promedio también crea siete veces más
riqueza que su vecino del sur, pues -de lo contrario- no podría gastar
lo que no tiene.
El consumo (querido idiota) es una consecuencia de la producción.
(....) ¿Cómo puede un agricultor ecuatoriano esperar la misma
remuneración por su trabajo que un agricultor norteamericano, cuando la
productividad del estadounidense es cien veces la suya? En Estados
Unidos menos del tres por ciento de la población se dedica a la
agricultura, alimenta a 260 millones de personas, y produce excedentes
que luego exporta. Por eso los agricultores gringos ganan más.
Básicamente por eso.
(…)
Pero donde los razonamientos de Galeano -y me temo que de los idiotas
latinoamericanos, a los que, con cierta melancolía, va dedicado este
libro -alcanzan el nivel de la paranoia y la irracionalidad más absolutas es en el tema del control de la natalidad. De acuerdo con Las venas abiertas de América Latina, la alta tasa de crecimiento de esta región del mundo no es alarmante porque: En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no
sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro
cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra: Perú, 32
veces menos que Japón. (p. 9)
Es como si Galeano y sus huestes no pudieran darse cuenta de que la
necesidad de controlar los índices de natalidad no depende del
territorio disponible, sino de la cantidad de bienes y servicios que
genera la comunidad que se analiza y las posibilidades que posee de
absorber razonablemente bien a su población. ¿De qué le sirve a una
pobre mujer habitante de una favela en Río o en La Paz saber que el
séptimo hijo que le va a nacer -al que difícilmente le podrá dar de
comer y mucho menos podrá educar- vivirá (si vive) en un país
infinitamente menos poblado que Holanda?
(…)
Y aquí viene una de las frases más increíblemente bobas de todo un libro que se ha ganado, muy justamente, su carácter de Biblia del idiota latinoamericano: En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los
guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles. (p. 9)
De manera que los pérfidos poderes imperiales, con Wall Street y la
CIA a la cabeza, asociados con la burguesía cómplice y corrupta,
distribuyen condones para impedir el definitivo trallazo revolucionario.
Lucha final que Galeano otea en el ambiente y cuyo paradigma y modelo
encarna Castro, puesto que: El águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria de
la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas, bajo
un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante, también
otros países han iniciado por distintas vías y con distintos medios la
experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de cosas es la
perpetuación del crimen. (p. 11)
(…)
El problema es que Cuba, tras la desaparición del
Bloque del Este, da muestras desesperadas de querer abrirse las venas
para que el capitalismo le succione la sangre, mientras afronta su
crisis final con medidas de ajuste calcadas del recetario del FMI.
(…)
Y mientras hace esto, contradiciendo el recetario de Galeano, la Isla mantiene, a base de abortos masivos,
la tasa de natalidad más baja del Continente, y la más alta de
suicidios, pese a que es catorce veces más grande que la vecina Puerto
Rico y proporcionalmente mucho más despoblada.
Por último, ese paraíso propuesto por Galeano como modelo -del que
todo el que puede escapa a bordo de cualquier cosa capaz de flotar o
volar- de un tiempo a esta parte ya no exhibe como atracción su gallardo
perfil de combatiente heroico, sino las sudorosas y trajinadas nalgas de las pobres mulatas
de Tropicana, y la promesa de que ahí -en esa pobre isla- se puede
comprar sexo de cualquier clase con un puñado de dólares. A veces basta
con un plato de comida. Menos, mucho menos de lo que cuesta en una
librería el libro del señor Galeano. Manual del perfecto idiota latinoamericano... y español. Presentación de Mario Vargas Llosa. Escrito por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. (Ed. Plaza & Janés, 1996)
-No me interrumpas -le rogaba-. Aquí tengo una libra con diecisiete y dos con seis en la oficina; puedo prescindir del café en la oficina, pongamos diez chelines, que hacen dos libras, nueve peniques y seis chelines, con tus dieciocho y tres hacen tres libras, nueve chelines y siete peniques... ¿quién está moviéndose?... ocho, nueve, siete, coma y me llevo siete... no hables, mi amor... y la libra que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta... calla, niña... coma y me llevo, niña... ¡ves, ya está mal!... ¿he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques? Sí, he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques; el problema es el siguiente: ¿podemos intentarlo por un año con nueve libras, nueve chelines y siete peniques?
-Claro que podemos, George -exclamó ella. Pero estaba predispuesta en
favor de Wendy y, en realidad, de los dos, él era quien tenía un
carácter más fuerte.
-Acuérdate de las paperas -le advirtió casi amenazadoramente y se puso a calcular otra vez-. Paperas una libra, eso es lo que he puesto, pero seguro que serán más bien treinta chelines... no hables... sarampión una con quince, rubeola media guinea, eso hace dos libras, quince chelines y seis peniques... no muevas el dedo... tos ferina, pongamos que quince chelines...
Y así fue pasando el tiempo y cada vez daba un total distinto; pero al final Wendy pudo quedarse, con las paperas reducidas a doce chelines y seis peniques y los dos tipos de sarampión considerados como uno solo.
Creo que con este pequeño texto extraído de las primeras paginas del "Peter Pan" de James Matthew Barrie se justifica la "necesidad" de esta entrada, a pesar de que hablemos de un sistema monetario desaparecido hace mas de treinta años. Como en este caso en muchas otras novelas y películas nos topamos con esa jerigonza de libras, chelines, peniques, guineas, coronas con unas relaciones entre ellas incomprensibles y una manera de sumar y restar cantidades mas propias de un libro de acertijos que de un sistema monetario mas o menos serio.
Empecemos por la moneda base, la libra esterlina. ¿y por que se
llama así? pues muy sencillo, libra por la unidad de masa, si, esa
unidad universalmente localista. Universal porque esta en casi todas las
partes del mundo y localista porque en cada sitio pesa un cosa, e
incluso en un mismo lugar hay varias libras con distintos pesos. Y
esterlina por el tipo de plata que componía la libra original , la "plata esterlina", una
aleación con mas de un 90 % de plata y el resto de otros metales. Como
es natural esta "moneda" de unos 300 gramos de peso no existía
realmente, pero era una unidad de cuenta a la que hacían referencia el
resto de monedas. En el reinado de Isabel I se instauro la libra
esterlina como moneda de uso y se cifro en 1/240 de la antigua libra de plata esterlina. A pesar de que la libra se digapound en ingles su símbolo es una ele (£) por que deriva del latín libra.
Pero empecemos con lo divertido, ahora le toca el turno al chelín, moneda fraccionaria de la libra. ¿ Y cuantos chelines caben en una libra?, pues ni mas ni menos que veinte. Bueno, no es problema, podemos decidir usar un sistema vigesimal en vez decimal.
Después tenemos el penique, y como estamos en un sistema vigesimal
cabrán veinte en un chelín, con lo que la libra valdría 400 peniques,
¿no?. Pues no, ahora el sistema cambia a duodecimal con lo que en un chelín caben doce peniques lo que nos deja la libra con un total de 240 peniques. Como vemos un sistema completamente fácil e intuitivo.
Pero aun tenemos alguna moneda fraccionaria mas, por ejemplo la corona. Esta valía cinco chelines, lo que daría un total de cuatro coronas en una libra. Maravilloso, no sigue ni el vigesimal, ni el duodecimal ni el decimal.
Y para acabar de rematar el tema la mas bonita de todas, la guinea. ¿Y cuanto vale una guinea?, 21 chelines, esto es una libra y un chelín. Como vemos una unidad fraccionaria utilisima. Y lo peor de todo es que aunque la moneda física desapareció a principios del XIX aun se siguen contabilizando operaciones en guineas, ya que se considera un moneda mas elegante y propia de caballeros. También existieron los soberanos, con el mismo valor que la guinea (pero con distinto nombre para hacerlo mas entretenido).
El "Día decimal", que fue el 15 de febrero de 1971, se puso fina a este lío y se dividió la libra en cien peniques. Durante algún tiempo coincidieron peniques nuevos y peniques viejos, lo que convertiría un pequeña compra en un verdadero problema aritmético capaz de volver loco al matemático mas avezado.
Para terminar un par de citas, la primera, que sera una imagen, es de un libro de 1808, cuando la Guerra de la Independencia, que se imprimió para ayudar a la población española con los cambios con nuestro aliados ingleses:
Y por último una nota a pie de pagina de la novela "Buenos presagios" de Terry Pratchett y Neil Gaiman, en la que trata de explicar el sistema después de hablar de peniques y chelines:
Las unidades más pequeñas eran cuartos de penique, medios peniques,
monedas de tres peniques y monedas de seis peniques. Dos monedas de seis
peniques = un chelín. Dos chelines = un florín. Un florín y seis
peniques = media corona. Cuatro medias coronas = un billete de diez
chelines. Dos billetes de diez chelines = una libra (o 240 peniques):
Una libra y un chelín = una guinea.
Y concluye la nota con una frase que la podemos dejar como final a modo de resumen:
Los británicos rechazaron el sistema decimal durante mucho tiempo porque lo veían demasiado complicado.
Las ventas de Segovia se disfrutan mejor en automovil
Segovia es seguramente el gran emblema
del fin de semana madrileño. Llega el viernes y un ejército de ‘gatos’
se distribuyen estratégicamente a lo largo y ancho de los alrededores de
la capital, entremezclándose de manera normalmente discreta con el
castellano de pura cepa. A la ciudad medieval se llega muy rápido por
autopista, pero en sus alrededores hay mucho más que disfrutar si
sabemos huir del tópico, y ahí es donde nuestro Twingo, tan juguetón
cambiando de carril en la capital como en provincias, demostrará de qué
pasta está hecho. Carreteras pequeñas, grandes espacios abiertos y una
capacidad ilimitada para el disfrute. Las ventas viven una edad de oro, y
el automóvil es nuestra nueva manera de hacer parada.
Si dejamos atrás las calles medievales de la ciudad podemos integrarnos en ambientes más rurales, sin prisa pero sin pausa. Así es posible disfrutar de una geografía invernal que invita a la reflexión y unas vistas prodigiosas que parece mentira que siempre hayan estado a un tiro de piedra. El pequeño francés
demuestra que tiene alegría para un roto y un descosido, pegándose bien
a la carretera pese a la orografía, y nos da confianza para seguir
nuestra ruta.
En Revenga encontramos Casa Mariano, un lugar económico y con todas las facilidades para no echar nada de menos de la ciudad. Situada entre La Granja y Segovia y
a sólo unos kilómetros de cada una de ellas, su ubicación es casi
estratégica y nos permite alcanzar todas las zonas de interés turístico,
gastronómico y cultural de la zona. Desde Madrid, entramos por la A-61 dirección Segovia, saliendo en Otero de Herreros.
Allí nos espera una posada rústica que huele a comida castellana
tradicional, donde la madera adorna unos interiores cálidos que nos
invitan a refugiarnos del frío. Menú diario y los fines de semana entre 10 y 15 euros, con buenas bandejas de pinchos para los que andan con mucha prisa. Si la noche se echa encima siempre podemos alojarnos en la propia casa.
Venta vieja (Ortigosa del Monte)
Otra buena opción es dirigirnos a Ortigosa del Monte, donde nos encontramos con la Venta Vieja, un lugar que nos imbuye aún más de ese ambiente rústico y relajado, pero experta en satisfacer las necesidades del cliente. Su horno está muy por encima de la simpatía de alguno de sus camareros, y eso ya merece la pena. Sus embutidos, con fábrica propia, van a dejarnos satisfechos con seguridad. Y si hay demanda, todavía organizan una buenas jornadas de matanza para ver cómo se las gastan en la tierra. Su horno es experto en obsequiar al visitante con cordero, y -por supuesto- cochinillo segoviano. Y el alojamiento es de fábula, con las vistas a la sierra de sus casas rurales y el pino de Valsaín forrando el cálido interior de las habitaciones (Tlf. 921 48 91 64).
En plena ruta hallamos el Ventorro de San Pedro Abanto, en la carretera de Segovia a Arévalo y otro de los puntos de interés gastronómico de los alrededores. Mucho y bueno ha hecho Juan para mantener esta venta como un lugar de paso y parada. Carlos y Rogelio en la cocina saben lo que se busca para entornar el cuerpo y el espíritu, que por algo estamos en un antiguo convento de 1486, bajo la protección de San Juan de Requijada. Comida castellana tradicional y de cuchara, judiones de La Granja, sopas y migas
de la abuela, en él podemos disfrutar del olor de la lumbre sin las
aglomeraciones de los núcleos más poblados. Lugar obligado (921 431 481).
Venta Hontoria
Venta Hontoria está en otra pequeña localidad de los
alrededores, más conocida por su polígono industrial que por su pequeño
y coqueto casco urbano. En los fogones de su venta, además del
cochinillo y los judiones, también son expertos en setas,
además de otros productos de temporada. Su terraza de verano es un
delicioso lugar de encuentro, donde el mundo parece pararse. Grandes meriendas y mejores negocios se han fraguado en esta venta que tiene una tortilla de patata que es el reclamo de mucho viajante, aunque más de un viajero tiene debilidad por su guiso de oreja (921 44 04 44).
Venta Pinillos (Pinillos de Polenda)
Estamos en otro excelente mesón castellano, tan bueno como sencillo y barato. En Segovia y alrededores guardan este secreto a voces, y es que lo mejor en ocasiones está algo más allá de lo evidente. Su brevísima carta de productoscaseros es de lo mejor que podemos encontrar en la zona, con unos huevos fritos y una tarta de queso que redefinen el concepto de “cocina tradicional”. Su ensalada y su frasca de vino ya justifica que el conductor de Renault y el de John Deere compartan mesa y mantel. Una delicia de lugar para donde siempre vamos a encontrar una excusa para volver (921 49 61 94).
El retiro montañés es uno de los sueños
del eterno urbanita alienado. Todavía queda lugares donde ese alma
errante busca silencio y descanso. Para ellos, que son como nosotros,
los parajes glaciares y pinares de la Ávila más romántica nos esperan en
Gredos, donde se alza el Pico Almanzor y la Laguna Grande, dos de esas
delicias invernales todavía desconocidas para muchos y que nos aguardan
no demasiado lejos de casa.
Llegar hasta las Fuentes del Tormes tiene momentos de otra época. La silueta del Parador, las curvas de San Martín del Pimpollar, los recuerdos de las Fiestas de Bohoyo o las noches de Barco de Ávila. Aquí todo tiene su momento.
Gredos es una de las escapadas más recurrentes para el fin de semana, el lugar ideal para poner a prueba nuestro nuevo Twingo. Me han dicho que fuera de la ciudad sigue siendo pequeño, pero matón. Con las excursiones a caballo, el senderismo, los pueblos serranos con gracia invernal y la comida tradicional de la zona en el horizonte, iniciamos el camino. Nuestro Twingo responde a las enrevesadas carreteras que se desenredan alrededor de los cuatro ríos de la zona sin mayores problemas. Subir hasta la Herguijuela o Peñanegra es casi como subir al cielo. Ver amanecer desde Navasequilla demuestra la magia de esas carreteras que no tienen salida.
La comarca ganadera se ha reconvertido en zona turística, pero todavía conserva el auténtico encanto rural y la dureza de tiempos pasados. Allí nos ofrecen cobijo diversas ventas, pueblos de adoquines y teja en los cuales se respira el olor de la montaña.
Venta de El Paso de Gredos
Ya sea en inviernos nevados como en las frescas noches de verano, la
Venta de el Paso nos da justo lo que promete y de la mejor manera
posible. Cocina castellana tradicional a buen precio,
con irresistibles judías blancas y cochinillo, que requerirán de una
buena digestión pero son todo un placer para el estómago. Victoria sigue
entiendo su local como un homenaje a la hospitalidad.
David siempre en la sala y Angeles haciendo un estofado de ternera con
patatas que anima a parar una y otra vez en la zona. Un tesoro conocido por la gente del lugar
y por un número de privilegiados viajantes, que de camino a Gredos
paran para ver que las cosas no cambian (Carretera, 58 – Mengamuñoz –
605 52 65 56)
Venta del Obispo
En las puertas de Gredos se encuentra esta venta rústica, hogar de unas suaves patatas revolconas, sabrosas migas y crujiente cochinillo, que pese a estar aislada en la carretera es punto de encuentro de visitantes con conocimiento de causa. En la puerta de este negocio familiar
se nos anuncia ceremoniosamente que fue “fundada en 1803 por el obispo
Gómez de Balazar”, lo que sin duda nos ayuda a entrar en ambiente. Ganadería propia para las mejores carnes de la zona. Petri si sabe lo que es la calidad y demuestra con todos los clientes. Su menú de 9 euros no necesita comentarios (Carretera Ávila-Talavera de la Reina, km 46,8 – San Martín del Pimpollar – 920 20 72 80).
Guarnicioneria Domingo Arrabe
Una de las principales actividades que nos ofrece Ávila son las rutas a caballo y la hípica. La Guarnicioneria Domingo Arrabe nos provee de todos los artilugios
necesarios para ello. Domingo está en contacto con pastores y ganaderos
del lugar, porque él comenzó siendo uno de ellos, y ahora provee de
guarniciones, ropa y todo tipo de utensilios a toda España. Sus bolsos de cuero
son piezas de diseño cotizadas por todos aquellos que saben el valor de
la piel como artículo de alta calidad. En su taller se cose, se
remienda y se repara porque Moises conoce muy bien su oficio. La calidad no siempre la da una etiqueta (C/ La Venta, s/n – Navarredonda de Gredos – 920 34 81 12)
Legumbres Coronado
Pero antes de que acabe nuestro fin de semana, una parada en Barco de Ávila, municipio delimitado por el Tormes y una muralla medieval
que nos indica que este puede ser el lugar adecuado para rearmarnos. La
tienda de Coronado Legumbres en Barco de Ávila nos permite llevarnos
ese pedazo de cielo castellano a casa. Fundada a principios del siglo XX
por Hipólito Coronado, estamos ante una empresa familiar de productos típicos dedicada a la recolección de judías de la región, todas ellas con un sello de calidad que garantiza resultados culinarios (Plaza de España, 20 – El Barco de – 920 34 00 32).
Embutidos JMJ
Cualquier aficionado a los embutidos en la zona recuerda a José y su pequeña fábrica artesanal de la Aldehuela, un pequeño pueblo de la zona. Siempre despachando detrás del mostrador con su delantal negro y rojo. Su lomo era cotizado en las mejores mesas y el jamón que decía secar con una técnica secreta era un ejemplo de cómo la charcutería puede ser un arte.
Sus hijos saben seguir con la tradición y el buen hacer de su padre. Se trata de una de las mejores carnicerías del Alto Tormes, ubicada en plena Calle Mayor de la localidad, que hace honor al buen comer del lugar. Los fines de semana y en verano, la venta siempre tiene un tiempo de espera, porque casi forma parte del ritual. Esperar para gozar y recuperar el sabor de aquellos bocadillos
que nos tomábamos sujetando el pan con las dos manos…. Benditos
recuerdos de niño que ahora se han convertido en productos gourmet. Su queso de cabra en pimentón también merece una compra (Calle Mayor, 58 – El Barco De Ávila – 920 342 087).
La Vinoteca Mayor 22
Lo mejor para una buena carne es regarla con un vino superior. La Vinoteca de Barco de Ávila, también en la Calle Mayor, es otra parada obligatoria en la ruta. Se trata de una tienda popular que, sin embargo, impacta tanto que redefine y eleva el concepto gourmet a cotas que ya quisieran en la gran manzana madrileña. Vinos y productos tradicionales y atención a los quesos y patés
se agrupan en sus estanterías y recorren todas las categorías entre la
sencillez y la sofisticación, con precios para todos, pero siempre exquisitos (Calle Mayor, 22 – Barco de Ávila – 920 34 03 16).
En Forma
Resulta difícil definir esta tienda. Todos los aficionados al mundo de la montaña saben que van a encontrar unos precios sorprendentes.
Marcas como Salomon, The North Face o Adidas se sorprenden como las
ventas crecen en un pueblo tan poco dado a la moda. Los abuelos saben
perfectamente lo que que es el GoreTex y las viejas chirucas de paño son ahora sofisticadas botas de trekking que sirven para una buena caminata de recreo
o para subir a cuidar las vacas a la sierra. Omar y sus hermanos saben
cómo vender y en esta tienda lo demuestran (Avenida Cardenal Tabera, 4 –
Barco de Ávila – 920 34 04 29).
Aprovechando el paso del
Pisuerga, damos un paseo por la ciudad del castellano impoluto, bajo la
sombra de Zorrilla, Delibes y Felipe II. Un baño de arte, historia y
tradición que sólo puede culminar con esos buenos vinos y mejores
pinchos que la erigen en la capital de la tapeo. Y también con la
certeza de que en Pucela, ni tan recia ni tan enseñoreada, hay mucho aún
por descubrir.
Habrá que situarse en la Plaza Mayor, tal vez bajo esos soportales pioneros que sujetan los edificios rojizos
–los mismos que dejaron su influjo después en Madrid o Salamanca- o
junto a la fachada neoclásica del Ayuntamiento o al lado de la estatua
del conde Ansúrez, muy digno él sobre su pedestal. Como casi todo lo que arranca en Valladolid, esta plaza antaño centro de celebración de los festejos de la Corte es también hoy el punto de partida de un recorrido por sus grandes reclamos, aquellos que codician los turistas cuando visitan la ciudad y que no dejan de ser el orgullo de la gente local.
De aquí parte, por ejemplo, la peatonal calle Santiago que culmina frente al Campo Grande, el Central Park vallisoletano colonizado por los pavos reales
que se dejan ver junto al estanque. Y de aquí también, hacia el otro
lado, se inicia esa maraña de callejuelas de piedra que lo mismo
conducen a la catedral que iba a ser la más grande de Europa –hasta que Juan de Herrera la dejó inconclusa-, como a la fotogénica plaza de San Pablo, con la recargada iglesia del mismo nombre junto al icónico Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II.
Religión y burguesía
Como la ciudad de clérigos que fue, en Valladolid hay iglesias, conventos y monasterios para dar y tomar, cuyo rastro se puede seguir en una ruta casi inabarcable. Desde San Benito el Real, que se yergue sobre la antigua muralla; hasta Santa María de la Antigua, declarada Monumento Nacional; pasando por la Iglesia de las Angustias, que cobija la obra maestra de Juan de Juni.
Pero también su impronta burguesa ha dejado bellos rincones como el pasaje Gutiérrez al estilo de las galerías europeas, la modernista Casa del Príncipe, los teatros Lope de Vega y Calderón o los tres mercados de hierro cubierto (Del Val, Portugalete y Campillo) que vienen a demostrar que es ésta una ciudad sólo apta para paseos lentos, sin rumbo, donde a cada paso asalta desde su discreción una agradable sorpresa.
Mucha literatura
Por si fuera poco, un puñado de personajes ilustres dejó también su
huella en Pucela para añadirle una dosis de atractivo. Hablamos de José Zorrilla, suficientemente homenajeado (un paseo, un teatro, un estadio, una plaza…), pero también de Miguel deCervantes, que escribió en Valladolid algunas de sus novelas ejemplares, y por supuesto de Miguel Delibes, el hijo predilecto, cuya novela histórica El Hereje ha alumbrado un recorrido turístico en busca de sus localizaciones.
Al caer el sol
Pero si hay algo ineludible en esta ciudad castellana que también presume de playa (porque la tiene, sí, a la orilla del Pisuerga) esto es reservar una tarde para rendirse al arte de sus pinchos. Nadie debería marcharse sin asistir al desfile de las sorprendentes creaciones culinarias
que acontece en sus tabernas atestadas. Pinchos muy de la tierra, por
supuesto, pero con un toque moderno y minimalista de los que muy pocas
urbes presumen.
Los Zagales, Villa Paramesa o La Criolla son algunos de los más famosos templos del tapeo donde degustar originales delicias regadas con buenos vinos. Pero hay muchos otros, siempre en los alrededores de la Plaza Mayor, para culminar o ¿por qué no? emprender un nuevo paseo por Valladolid capital.
Granada
es el sentimiento que proviene de los ‘quejíos’ flamencos que se
escapan de las zambras del Sacromonte, es la belleza de sus mujeres y de
los geranios que adornan los balcones del Realejo, es la unión de
guiris y calés que beben cañas asomados a la historia de la Alhambra
y a sus montañas de cumbres nevadas, son las gentes, sus voces y la
diversión que buscan de bar en bar, es la subida al Albaicín mientras el
Darro baja silencioso unas veces y torrentera otras, es la cadencia de
los ‘pasos’ que ceremoniosamente pasean al Cristo y a la Virgen, es el
zoco de callejuelas imposibles alrededor de la Catedral, es un viaje al
pasado esplendoroso del reino nazarí, es una de las más deslumbrantes
puestas de sol y las rimas y los versos de Lorca, es parte de la esencia y raíces de Andalucía. CaprilesPero sobre todo es el sabor suave pero magnífico de sus jamones de Trevélez; las salaillas, ese pan de aceite de gusto tan especial; las tortillas de sesos del Sacromonte y, las frituras impecables, jugosas y sin un ápice de grasa que encumbran en muchos de sus bares. CaprilesLa Bodega La Tana,
un pequeño local con encanto, gran bodega de buenos vinos, botellas de
todas las denominaciones solo distraídos por jamones y chacinas, pates y
buenos tomates, en la Placeta del agua. En la céntrica Plaza de la Pescadería, muy cerca de la catedral, la Marisquería Cunini,
se anuncia al paseante con unas cuantas mesitas altas en las que
disfrutar de raciones y cervecitas al aire libre. Dentro, el bullicio y
el gentío que no se quiere perder una de las mejores barras de la ciudad
en la que desfilan perfectas frituras de salmonetes, camarones de
Motril, y una excelente ensaladilla de patata. Fuera de todos los circuitos, el Bar FM,
un tesoro oculto para aquellos que son de fuera de la ciudad, pero un
sitio de culto para los locales. Paco y su mujer Rosa llevan más de 20
años sirviendo algunas de las mejores frituras de este país, realzando
hasta la excelencia: boquerones y salmonetes, sirviendo un pulpo seco
extraordinario y unos chopitos a la plancha cum laude. Las berenjenas y
los camarones impecables. Pero como no todo iban a ser tapas, El Claustro, del premiado Juan Andrés Morilla,
chef que nos ha representado en el Bocuse d’Or con gran éxito y cuya
fama está más que justificada, no solo por el encanto del entorno del Hotel Palacio Santa Paula
y el ‘enorme’ servicio que se presta en sala, sino porque el verdadero
protagonista de la mesa, los platos, son elaboraciones plenas, bien
ejecutadas, cargadas de simbolismo y referencias a la propia Granada que
realza con chispazos de sabores orientales, que manteniendo el sentido
local, transportan a lugares lejanos.
Capriles
Oliver,
con sus 12 m2 de tradición, personalidad y costumbrismo, una tienda de
frutos secos de especial tostado al que los granadinos siguen acudiendo
hoy tal y como lo hacían desde siempre sus abuelos. Andando por el
paseo de los Tristes hasta el mirador de San Nicolas, para disfrutar,
gintonic en mano, de una puesta de sol mágica en la que solos delante
del maravilloso conjunto de la Alhambra, uno queda afectado para siempre por la belleza de sus muros encendidos por el sol. Dormir en el Palacio de Santa Paula,
un antiguo convento reformado cuyos patios y fuentes te transportan a
un refugio de tranquilidad donde el tiempo parece detenerse y el
descanso está asegurado.